domingo, 22 de abril de 2018

(Diario) 22 de abril de 2018



Ayer, por el mediodía, fui a un vermut poético con Maria. Casa Bonay. Ben Brooks presentaba su poemario. Maria llevó tres libros de Brooks para que se los firmase, y así lo hizo. Brooks me echó un vistazo y me dijo: «Me gusta tu abrigo.» «Oh, tenía miedo porque hoy lo estrenaba y no sabía si parecía muy gótico.» «No, está bien.» Nos estrechó la mano y nos fuimos. Comimos en el Wok & Bao de Carrer Tallers: ella, tallarines; yo, ramen. Fuimos a tomar un café en el jardín del Ateneu. Volvimos a Mataró y la acompañé al oftalmólogo. Por la noche, vi una peli de Philippe Garrel. Es de lo mejorcito del cine de autor actual, junto con Hong Sang-soo. Sus últimas pelis son en blanco y negro: es un blanco y negro que fluye discretamente, simplemente.
Hoy, de ocho a nueve, salgo a correr por el Parc Central. Arbustos con hojas granates, palmeras, un loro, una urraca. Cuando vuelvo a casa, noto unos pinchazos terribles en la cadera, en el lado izquierdo. Me ducho rápidamente y me paso el día leyendo.
El jueves pasado por la tarde, hablando con Laia en una terraza del Born, pude dar forma a una idea: ¿qué es lo que realmente importa? No es que haya millones de peces en el mar ni que un clavo saque otro clavo. Lo que importa son los hombres, singulares, particulares, que se concretan sobre la tierra y no pertenecen a ninguna idea abstracta, que nos miran, que estamos dispuestos a amar, que normalmente nos hacen sufrir. Por más hombres que haya en el planeta, cuando amamos, solo estamos dispuestos a querer al que se nos presenta en mente. No hay nada malo en ello. Se trata del deseo, nuestro motor más profundo. No hay entelequias que lo sustituyan.
Tres de la tarde. Dolor horrible en la cadera. Intento ir a urgencias con papá, pero, cuando solo hemos girado la esquina de nuestra calle, le digo que no puedo seguir andando. Volvemos a casa. Me tomo un ibuprofeno. Quizá me merezca esto: siempre me han atraído los excesos. Espero estar mejor mañana.
A las cuatro, me acuesto un rato en la cama para ver si se me pasa el dolor. Al cabo de diez minutos, cuando intento levantarme, no puedo. Me echo a gritar y a dar golpes para avisar a mamá. Lloro sin poder evitarlo porque tengo miedo. Llaman al médico. Me ponen una esterilla caliente debajo de los riñones y se me pasa el dolor, pero sigo notando una tensión en la cadera. Consigo levantarme e ir al baño. Al volver a mi habitación, no quiero estirarme de nuevo porque temo que me pase otra vez esto de no poder ni incorporarme. Me siento en la silla y trato de leer mientras espero al médico. Mamá toma las decisiones y papá me tranquiliza.
Cinco y media. El médico no viene. Atiende a mi madre por teléfono: le dice que me tome un antiinflamatorio durante cinco días y que deje de correr por el momento. Afortunadamente, el dolor ha pasado, pero me recomiendan que no me mueva por si vuelve.

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