martes, 10 de abril de 2018

(Diario) 10 de abril de 2018



No sé qué hago esperando a un chico —italiano, no sé qué edad, está haciendo un Erasmus— al que ni siquiera tengo interés en conocer. Vamos a la misma clase, estuvimos chateando y ahora quería tomar un café conmigo, ¿pero, en realidad, qué hago aquí? Me he tenido que obligar a venir y, al final, soy yo quien se tiene que esperar porque su autobús llega con retraso o algo. Pasan seis minutos de la hora. Podría estar haciendo otras cosas. Pasan siete minutos. Debería cambiar mi actitud si no quiero que se me note cuando llegue. Confío mucho en las primeras impresiones: la primera que tuve de este chico no fue ni buena ni mala, sino que me dejó frío. Si encuentras una persona que no te resulta indiferente, aférrate a ella.
Cuando una persona me llama la atención, no sé cómo acercarme a ella. Soy incapaz de hacerlo sin sentirme ridículo. Frecuentemente, cuando alguien me interesa, automáticamente me digo que juega en una liga diferente a la mía y trato de ignorar que existe: ¿qué es eso de las ligas? Probablemente solo un feo podría hablar de ligas, pero la verdad es que estoy bastante convencido de que existen. Ciertos chicos no acaban con ciertos chicos: los hombres que me interesan quizá se me aproximan, pero tan solo para saciar su curiosidad sobre quién soy, qué hago y por qué los miro tan insistentemente.
Encontrar algo así como «el amor de mi vida» tampoco solucionaría nada. Sufro cuando estoy en una relación, sufro cuando estoy soltero. Mi problema está más bien en la base: me convenzo a mí mismo absurdamente de que puedo mantenerme siendo el mismo, siendo coherente, cuando lo cierto es que mis circunstancias me modelan y hacen que a cada segundo sea una persona distinta. Todos buscamos un refugio, pero algunos refugios son ciertamente vanos: no salvan, tan solo esconden.
Ha pasado un cuarto de hora y tres minutos. Querría estar en otro lado. Querría irme, pero me siento clavado en este banco de Plaça Universitat, estúpidamente comprometido, estúpidamente quieto. Pasa un minuto más. La verdad es que, solo, entre tanta gente y tantos ruidos, uno puede encontrarse bien. Un vientecito choca contra mi abrigo y preferiría que él no llegase, pero lo hace.

Doce y media de la noche. Aunque las persianas están bajadas, oigo el piar de unos pájaros que se lamentan porque la lluvia está destrozando sus nidos. ¿Serán vencejos o todavía es muy pronto? Me dormiré escuchando la tormenta y, así, mi sueño será fuerte; nada lo interrumpirá.

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