martes, 20 de marzo de 2018

(Relato) Un roble con agujeros



Kirsten y Alexander eran los protagonistas principales de la película. Kirsten era conocida por su sonrisa pícara y esas manos finísimas que empezaban a parecer desgastadas después de tantos años firmando autógrafos. ¿Cómo describir a Alexander? Medía un metro noventa.
Los dos estaban sentados sobre el mismo tocón, en medio del bosque. Les rodeaban los técnicos del equipo, que montaban cámaras, monitores y todo lo necesario para grabar. Una decena de metros más allá, había la caravana con que se habían desplazado hasta allí.
«¿Sabes dónde se ha metido Lars?», preguntó Alexander. Lars era el director de la película, un visionario, el gran creador. Todos daban gracias por poder trabajar con alguien de tal prestigio. «Es un honor que me haya escogido para su película», le dijo Kirsten la primera vez que le vio. Desde entonces, cuando Lars no podía pagar a alguien del equipo porque el presupuesto era reducido, le recompensaba con honor.
«Quizá está haciendo lo que todos sabemos que hace», dijo Kirsten, dirigiendo la mirada hacia la caravana. Alexander se volvió hacia ella, confuso. «¿Qué es lo que todos sabemos que hace?», preguntó. «Oh, vamos, no te hagas el inocente. ¿Realmente no lo sabes?» Él negó con la cabeza. Kirsten pareció reflexionar durante unos segundos y, tras aspirar un poco de aire, dijo: «No sé si debería decírtelo. Cuanta menos gente lo sepa, mejor… De hecho, estoy pensando que, cuando acabemos el rodaje y la peli se estrene, quizá lo contaré en alguna revista como exclusiva.»
Después de aquello último que había dicho Kirsten, Alexander ya no podía resistirse: tenía que saber qué escondía ese cineasta, el Hitchcock de su siglo. Le rogó que se lo dijese, pero ella se negaba una y otra vez; intentó cambiar de tema, pero él volvía a la cuestión del secreto de Lars e insistía como si le fuese la vida en ello. «¡Eres un pesado!», acabó exclamando. «Te lo contaré para que te calles, pero no se lo puedes decir a nadie. Al menos, no se lo puedes decir a nadie hasta que acabemos el rodaje. Si él supiera que esta información circula por el equipo, se pondría hecho una fiera.»
Kirsten se acercó a su oreja y empezó a susurrarle. Poco después, Alexander rio, pero tuvo que detenerse porque Lars se acercaba a ellos y podía sospechar. «Actúa normal», le dijo a Kirsten, que no había advertido la presencia del director. Este les pasó las manos por la espalda y les preguntó si estaban preparados para grabar la siguiente escena. Asintieron y se levantaron.
Diez minutos más tarde, se hallaban enfrente de las cámaras. Un maquillador, como una abeja que no se decide entre una flor y otra, pululaba entre Kirsten y Alexander y les añadía capas y más capas de polvo color arena. «¿No crees que me estás poniendo demasiado maquillaje?», preguntaba Alexander. «Nunca es suficiente», respondía el maquillador. Y mentía: «No te lo pongo para que aparezcas guapo, sino para que la luz de los focos no te haga brillar la cara.»
Lars, sentado en una silla plegable, les observaba y, de vez en cuando, echaba un ojo al guion que tenía entre las manos. No parecía nada contento. Hacer una película sobre su adolescencia, en un principio, se le había antojado una idea brillante; ahora, maldecía a quien se lo había sugerido. El ayudante de dirección se le acercó con una copa de vino: «Aquí tiene. ¿Está preparado para que empecemos a grabar?» Lars se escondió la cara detrás de una mano y murmuró: «Todo está mal, todo es inferior a lo que viví…» El ayudante no sabía qué contestar, así que se limitó a apoyar una mano sobre su hombro. «No me toques», reaccionó Lars.
Alguien hizo sonar la claqueta delante del objetivo y, seguidamente, Kirsten empezó su monólogo: «Lars, sé que solo tenemos diecisiete años, ¡pero me siento tan feliz contigo!» Mientras decía aquello, miraba fijamente a Alexander. Contraplano. «Pero mi arte va por delante de todo», respondía él. «¡Dejad de grabar!», gritó Lars. Su nerviosismo había ido aumentando. Kirsten, Alexander, todo el equipo se giró hacia él. No, no parecía contento. Le temblaban los dedos y una gota de saliva le bailaba en la comisura de los labios.
«¡Volvamos a repetirlo!», ordenó. Kirsten dijo su frase. Alexander, la suya. «¡No, no, está mal! ¡Otra vez!» Y Kirsten dijo su frase. Y Alexander la suya. «¡Otra vez!» «¡Otra vez!» Y repitieron la escena hasta que Kirsten, alterada, olvidó la frase que tenía que decir. «¿Podrías decirme qué hacemos mal?», preguntó Alexander. Este, como si su protagonista le hubiera desafiado, se levantó y se le acercó con un cabreo descomunal. Alexander no mostró ni pizca de miedo: sabía lo que era un cineasta furioso —quiero decir: lo pequeña que era cualquier persona furiosa.
«Si me cuestionas otra vez, quedas fuera de la película», le amenazó Lars. A continuación, desapareció. Se echó a andar por el bosque y no se le vio de nuevo en las dos siguientes horas. El equipo no sabía si recoger todo el set de rodaje o si aún querría grabar alguna escena. Sin cobertura en sus móviles, sin nada con lo que entretenerse, se sentaron en el suelo y, como un rebaño manso, esperaron al regreso de su pastor.
Lars caminó sin detenerse durante diez o quince minutos. Los pinos y encinas se sucedían a su alrededor. Tuvo ganas de echarse a correr. Lo hizo. Paró. Exhausto, se tiró al suelo y dejó que el follaje le cubriera. El aleteo de un petirrojo en una rama hizo que prestase atención a un roble altísimo, majestuoso. Estaba ligeramente curvado. Había algo en él que le resultaba familiar. La luz pasaba a través de sus hojas como si las bañase en oro. ¿De qué lo recordaba? Vio, en el tronco del árbol, un agujero en cuyo interior resplandecía un cristal. Se acercó al agujero e introdujo una mano en él.
Sacó una cámara de fotos pequeña, vieja, cubierta de polvo. Ahora, su memoria se había vuelto nítida: aquel era el roble en el que, teniendo quince años, había escondido su primera cámara fotográfica, ya que su madre le había ordenado que se deshiciera de ella y se centrara en los estudios. «¿Pero cómo quieres que me deshaga de esta cámara si vivimos en medio del bosque, mamá? Alguien tiene que fotografiar lo que nos rodea», protestaba.
Sonrió. ¿Qué tipo de cosas fotografiaba con esa cámara? El rumor de los eucaliptos o el agua que manaba de una fuente. El vuelo de un pájaro: en el vuelo de un pájaro había movimiento, acción, drama. Todo lo que quería conseguir era eso: drama. Nada de estatismo, ni de ideales de belleza imposibles. Un drama. Un simple drama. Un ser inserto en el universo y él retratándole desde su particular, discreto punto de vista.
¿Cuántos años hacía que ya no buscaba un drama en el vuelo de los pájaros? Sí, ahora estaba grabando una historia sobre su adolescencia. Los críticos le adorarían: ¡finalmente, el mayor cineasta de nuestros tiempos ha grabado su autobiografía! ¡Por fin! Y, sin embargo, ¿qué importancia tenía su vida? Menos de la que le concedía. ¿Dónde había olvidado el vuelo de los pájaros? ¿Cuándo se había vuelto hacia sí mismo y había perdido de vista el mundo? «Desde hace años, en mis películas ya no hay ningún drama», se dijo. «Solo hay un yo redondo, imponente, grasiento, ridículo.»
Regresó a la caravana del equipo sigilosamente y se encerró en ella. Sabía que, al entrar, los técnicos le habían mirado de reojo, desde la distancia, y habían susurrado algo entre risas. No le importaba. Todo le daba igual, a esas alturas. Abrió la nevera de la caravana y sacó yogures, helados Häagen-Dazs, tabletas de chocolate. Arrancó los envoltorios brutalmente. Empezó a tragar, tragar, tragar. Abrió un armario: madalenas, galletas, biscotes, embutidos. Foie gras. Apenas masticaba. Todo aquello se mezclaba en su boca. Su espalda se iba curvando. Tenía restos de comida en la barbilla, en las mejillas. Se desabrochó el cinturón. Siguió engullendo hasta que le entraron arcadas.
OBRA DE CLAUDE MONET (1882).

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