viernes, 23 de marzo de 2018

(Relato) El barco reencontrado



Esa musiquilla le resultaba infernal. Era una composición de Wagner y Oscar adoraba a Wagner, pero no soportaba escucharlo a las seis de la mañana. En el despertador sonaba la maldita Cabalgata de las valquirias. Jodido Wagner y jodido todo. Se incorporó en la cama; el edredón crepitó como si lo acabaran de desvelar. Pensó en retrasar el despertador quince minutos y seguir durmiendo, pero entonces se acordó de que, desde el día que le había pegado un manotazo al apagarlo, solo podía programarlo para las horas punta. «¿Y si pongo que suene a las siete?» No, no se lo podía permitir. Si se levantaba a las siete, seguro que llegaría tarde. «¿Y si simplemente me acuesto y me despierto dentro de diez minutos?» No era posible: esos diez minutos pasarían de largo y seguiría durmiendo una o dos horas; se conocía muy bien. Resignado, se levantó de la cama y alzó la persiana. Aún no amanecía.
De camino a la parada del autobús, a duras penas esquivaba a la gente que se cruzaba. Sus párpados no lograban levantarse y él respiraba pausadamente, como si todavía notase la calidez del colchón. Al girar por una esquina, se topó con un niño que daba la mano a su madre. Ella se disculpó y riñó al crío: «¿Puedes hacer el favor de mirar hacia adelante? Nunca serás un buen marinero si no sabes fijar la vista en un punto fijo.» Oscar le dijo que no se preocupase y tocó una mejilla al niño. «¿Quieres ser marinero?», le preguntó. Este se lo quedó mirando como impresionado: ¿qué debía llamarle la atención? ¿El traje oscuro de Oscar? ¿O su camisa blanca? ¿O acaso su corbata de rombos color índigo? «No, quiero ser capitán de barco.» La madre no entendió por qué Oscar sonreía al niño con cierta fijeza. Dio un ligero empujón a su hijo y retomaron su marcha.
Oscar siguió caminando hasta llegar a una calle ancha abarrotada de gente. Todo el mundo caminaba con decisión. Apenas se oía alguna voz: la concentración que ponían los transeúntes en llegar puntualmente al trabajo era escrupulosa, silenciosa. En la acera derecha, había cuatro marquesinas seguidas. Oscar se detuvo en la segunda e hizo cola. El autobús abrió su puerta y los viajeros empezaron a subir.
Se sentó hacia el final del vehículo. «Qué raro, normalmente el autobús que cojo para ir al trabajo es más largo», pensó. Dedujo que la empresa de transportes habría cambiado de diseño. Cerró los ojos. Los mantuvo cerrados durante diez segundos. Después, los abrió: tenía un miedo cerval a quedarse dormido. El autobús arrancó; era como si el motor ronronease; no se resistió a apoyarse ligeramente en el reposacabezas y bajar un, dos, tres centímetros los párpados. Sin darse cuenta, ya estaba dormitando. Un poco más tarde, dormía. Permaneció así, con una mueca que transmitía paz. Creyó soñar con el niño que se había encontrado de camino a la parada, pero tenía el rostro demasiado difuso como para que llegase a identificarlo.
Cuando volvió a abrir los ojos, se sentía mucho mejor. Habían dejado de pesarle los hombros. Ahora sí: estaba dispuesto a empezar el día con su actitud más espléndida. Sin embargo, cuando miró por la ventana del autobús, se llevó una sorpresa: no reconocía la autopista por la que circulaba. Giró la cabeza hacia ambos lados y siguió sin entender nada. ¿Hacia dónde estaba yendo? Se levantó de su asiento y se dirigió al conductor: «Perdone, ¿dónde para este autobús?» «En Dosrius.»
Dosrius, pues claro. Ese era el pueblo en el que había pasado toda su infancia. Al ir a tomar el autobús, se había confundido de marquesina: el autobús que debía llevarle al trabajo se detenía en la siguiente. Quizá se había equivocado porque estaba acostumbrado a pararse en aquella marquesina cuando, los fines de semana, decidía regresar a su pueblo para recordar años ya remotos.
Se puso una mano sobre la frente y frunció el ceño. Preguntó al conductor cuándo salía un autobús de Dosrius que le llevase de vuelta. «Veamos, si ahora son las siete y media… Hay uno a las diez de la mañana.» «¿A las diez de la mañana? Eso no es posible, no puedo llegar tan tarde al curro.» El conductor le dirigió una mirada llena de agresividad, como si no fuera a tolerar que le tocaran lo más mínimo las pelotas. Oscar volvió a su asiento con un fastidio inmenso.
Se quedó observando el paisaje a través de la ventana, sin pensar en nada. Notó una punzada en el cuello y se dio la vuelta: una pasajera le miraba con un poco de compasión y un poco de diversión.
Cuando bajó del autobús, agarró su maletín con los dos brazos y empezó a andar de puntitas: no permitiría que su ropa se ensuciase con el polvo de aquel suelo. En el pueblo, había algunas calles asfaltadas, pero el alrededor era bastante salvaje, con árboles abundantes y algunas granjas ruidosas. No sabía adónde ir: intentó recordar algún bar del pueblo en el que le pudieran poner un café con leche en condiciones, pero rápidamente se acordó de que la mayoría de bares de aquel lugar tenían parroquianos algo siniestros. Prefirió pasear por las calles del centro. Algunos vecinos, cuando oían sus pasos por la calle, entreabrían la ventana y lo vigilaban. Un perro salió de una casa y fue a su encuentro: Oscar empezó a dar palmadas para que no se le acercase. Una voz gravísima gruñó: «¡Deje en paz al perro!» Se asustó tanto que rehízo el camino y no se sintió a salvo hasta que se halló en el punto en que le había dejado el autobús. Comprobó su reloj de muñeca: tan solo eran las ocho. ¿Qué haría durante las dos siguientes horas? Dosrius, desde el punto en que estaba, parecía un pueblo desierto.
Dejó que sus ojos vagasen por el paisaje. Se fijó en el campanario de la iglesia, que recordaba a un pedacito de turrón. Siguió contemplando su alrededor hasta que descubrió una montaña altísima, verde, que hasta entonces había tenido a sus espaldas: era la montaña en la que jugaba cuando era un niño.
Sin nada mejor que hacer, fue hacia ella y empezó a subir por un camino empedrado. Había algunas casas destartaladas: recordó que en alguna vivía una familia de gitanos. Los pinos y encinas que le rodeaban eran altísimos. Se oía el lejano soplido del viento: cualquiera habría creído que eran los árboles quienes en realidad silbaban.
Ya había dejado de preocuparse porque su maletín no se manchase. Sus zapatos de piel habían quedado cubiertos por una fina capa de barro y un poco de resina. Tocó con la palma de una mano el roble a cuya sombra solía descansar: en uno de sus agujeros más bajos, escondió su chupete cuando su madre le prohibió seguir usándolo.
Yendo más allá, hacia las zonas más oscuras del bosque, encontró el estanque en el que metía su barco favorito. Era un barco muy caro y lindo que le habían regalado por sus buenas notas. Como un fogonazo, le vino a la memoria el lugar exacto en que lo había dejado la última vez que se había divertido con él. Primero, metió un dedo en el agua del estanque. Se arremangó la camisa. Introdujo los dos brazos y notó cómo la suciedad del estanque le acariciaba, le daba la bienvenida de nuevo. Sus dedos tocaron un objeto sólido, rugoso, que había en el fondo: intentó agarrarlo y sacarlo a la superficie.
Era, en efecto, su barco. Su barco enverdecido, podrido. A la luz del día, hacía pensar en una película de piratas fantasmas. Era horrible. En la proa, había una especie de gusanos muertos que saludaban a Oscar con sus cuerpos descompuestos. La vela que presidía el juguete estaba roída por un lado y había perdido su brillante blanco. A los pocos segundos de tenerlo en sus manos, el barco se partió por la mitad; le resbaló y cayó en el agua. Él pensó en rescatarlo, pero solo le habría servido para entristecerse aún más. Se alejó de la montaña aturdido, como un Adán que sabe que, aunque el paraíso le fuera devuelto, ya no se sentiría igual que antes en él.
AUTORRETRATO DE PERFIL, DE JOAQUÍN SOROLLA.

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