lunes, 26 de marzo de 2018

(Microcuento) Paidocracia



Paco era un niño de ojos negros y mirada perdida. Solía vestir los polos básicos y pantalones de pana que su madre le compraba. Su abuela le llamaba Francisco, pero el padre del niño siempre replicaba: «Se llama Paco.» Crecía felizmente en el seno de una familia feliz —si es que existe algo así.
Una mañana, en clase, el profesor exclamó ante Paco y sus compañeros: «¡Tenéis que ser críticos!» Y, como que vio que se quedaban un poco perplejos, insistió en ello poniendo algunos ejemplos. Habían de protestar cuando les pareciese que algo estaba mal, cuando veían que una cosa se podría haber hecho mejor, cuando se sintiesen engañados. «¡Sed críticos siempre, siempre!»
Si bien la mayoría de niños no entendieron a su profesor, el mensaje que este intentaba transmitir caló hondo en Paco. El chaval quedó inmóvil durante unos segundos, con los labios entreabiertos y los párpados muy altos. Dio un golpe de puño a su pupitre, como decidido a cambiar el rumbo de su vida.
Ese mismo día, cuando volvió a casa, ni siquiera saludó a sus padres. Fue directamente a su habitación, abrió un bloc de notas y empezó a apuntar todo lo que creía que estaba mal o que podría estar mejor: «Los regalos de Papá Noel y los de los Reyes están mal, porque si los recibiese todos el mismo día ahorraríamos tiempo; los Plastidecor también están mal, porque no pintan como las acuarelas; las tijeras para niños están muy, muy mal, porque ni pinchan ni cortan.» La lista siguió aumentando. No le faltaba imaginación.
A las dos de la tarde, cuando su madre lo llamó para que fuera a almorzar, se negó a ir en señal de protesta. «No pienso comer hasta que hagamos los almuerzos a la una de la tarde.» Su padre, al escuchar aquello, se llevó una mano a la cabeza y se preguntó si su hijo se estaría convirtiendo en un anciano o acaso en un europeísta. Su madre no le hizo ni el más mínimo caso; pensó que, en un rato, se le pasaría la tontería.
Sin embargo, llegó la noche y Paco se volvió a negar a comer: su madre lo había llamado a cenar a las nueve y él estaba en contra de digerir un solo alimento después de la puesta de sol. No lo dijo con estas palabras, pero se entiende que lo que quería expresar era ni más ni menos que esto. Además, cuando su padre quiso descansar viendo una sitcom antes de acostarse, Paco le riñó: «Sería mucho mejor que vieses un documental. Los niños aprenden de sus padres. Si te veo divirtiéndote con sitcoms, me pasaré la vida viendo sitcoms. Si te veo mirando un documental, entenderé que eso es bueno y me pondré a ver documentales.» Su padre, ofendido por tan exquisita madurez, se levantó y se fue a su despacho. Encendió su ordenador y buscó algún videojuego en el que ahogar sus penas. Paco volvió a aparecer: le pidió que, en lugar de jugar con marcianitos, se pusiera a leer algo edificante. «¿No ves que, haciendo esto, eres una mala influencia?» Se enterró debajo del edredón y las almohadas de su cama mientras Paco le pedía que tuviese coraje.
A la mañana siguiente, el niño se indignó con su madre: «¿Esperas que desayune magdalenas todos los días de mi vida? ¿Tanto te costaría prepararme un zumo de naranja, mucho más sano? ¿Acaso quieres que viva menos que tú? ¿Acaso quieres verme morir?» Antes de que la vena que su madre tenía en la frente acabase de hincharse, le ordenó que se fuese al colegio inmediatamente. «Pero aún no es la hora de que vaya a la escuela…» «Te digo que te vayas.»
En clase de latín, delante de todos sus compañeros, Paco se estiró encima de su pupitre e hizo como si agonizara. El profesor, asustado, se le acercó y le preguntó qué le ocurría. «Como que debemos estudiar una lengua muerta, he decidido morirme», respondió él. La idea pareció tan sugerente a los demás alumnos que todos se echaron por el suelo y empezaron a fingir espasmos. El profesor se encerró en un lavabo que había al lado del aula y no salió hasta al cabo de dos horas. No se lo volvió a ver por el centro.
A la siguiente clase, con el profesor que el día anterior había propuesto a los niños que fuesen críticos, Paco decidió que no solo su maestro podía hablar, sino que todos los alumnos debían tener la oportunidad de pronunciarse sobre el temario de la asignatura. El profesor estuvo conforme con lo que decía Paco: «Bien. Dejo que digáis lo que opináis sobre el temario de la asignatura. Adelante.» Nadie dijo nada. «Adelante, he dicho.» Todos estaban mudos. No obstante, cuando el profesor quiso retomar la lección, Paco protestó: «Si sigues con tu clase, mis compañeros se sentirán cohibidos y no podrán decir lo que quieren decir libremente.» Así que el profesor calló de nuevo y la siguiente hora transcurrió en el más sobrio silencio.
Pasaron los años y los padres de Paco encanecieron rápidamente. El niño dejó de hacer deporte para dedicarse al exigente ejercicio de la crítica y, antes de que llegase a la adolescencia, ya presentaba una barriga que invitaba a hacer predicciones sobre su brillante futuro intelectual. A los diecisiete años, pidió a su peluquera que le hiciese un corte que le escondiese las entradas: su flequillo era oscuro, infalible, absoluto. Un poco más tarde, ya participaba en incontables tertulias televisivas y tuiteaba entre aplausos y alabanzas a su majestuoso, magnánimo espíritu crítico.
HENRY GELDZAHLER AND CHRISTOPHER SCOTT (1969), DE DAVID HOCKNEY

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