viernes, 30 de marzo de 2018

(Microcuento) Morir por primera vez



Había dejado de escribir, aunque, de vez en cuando, le galardonaban con algún premio. Pese a los reconocimientos, la gente que le había rodeado a lo largo de su vida parecía estar en otra parte, concentrada en asuntos mucho más importantes que él. Se pasaba las mañanas vagando por su casa, de una punta del pasillo a la otra. Le habría gustado leer, aunque detestaba ver palabras que remitían a su juventud (¿y qué palabras no lo hacían?). Habría querido entretenerse con la televisión o el cine, pero el ruido de las voces humanas empezaba a molestarle.
Le costaba andar. Tenía la impresión de que, cuando se movía, las arrugas de su cuerpo se multiplicaban; así, prefería quedarse sentado en lugares a los que diese la luz matinal. Si se tocaba el cabello, alguna cana le quedaba pegada en la mano y le recordaba que ese precioso castaño que tanto le había durado ya no volvería a ser lo que le caracterizara a ojos ajenos. Su curiosidad se había empequeñecido hasta poder formularse en una única pregunta: ¿cómo actuarán mis seres queridos cuando ya no esté?
Obsesionado con esta idea, hizo todos los preparativos para poder declararse muerto. Contó con la complicidad de su cuidadora, que contactó con sus hijos para informarles: «Ha sufrido un ataque de corazón, lo siento mucho.» Y, tras una breve aspiración: «Ya he avisado a los de la funeraria.» Mientras tanto, él se escondió en los cafés de la ciudad, donde nunca le reconocerían: su rostro, como un dibujo sobre el que se pasa un dedo, se había ido difuminando.
Llegó el día de su funeral y estaba impaciente por ver quién se presentaría a la ceremonia y quién no. Entró en la iglesia sigilosamente cuando el acto ya había empezado. Se puso detrás del último banquillo y fue examinando la gente. En la primera hilera de asientos, identificó a sus hijos y nietos, profundamente compungidos. Aun así, tuvo la sensación de que, en el funeral de su mujer, aún se habían mostrado más afectados. Decidió no fiarse de esa idea porque les veía en la distancia y la oscuridad de los recintos sagrados es engañosa.
Le dejaron atónito algunas presencias: ¿cómo es posible que tal persona, que no me ha hablado en las últimas décadas, esté aquí? ¿Y cómo es posible que esté tal otra, con quien había discutido seriamente? Tampoco le dejaron indiferente muchas ausencias: sí, hubo ausencias dolorosas. Aunque en los últimos tiempos su curiosidad entera se había dirigido a ese funeral, ahora admitía que prefería desentenderse de todo aquello. Se dio cuenta que no había marcha atrás: no podría volver a convivir con toda esa gente sabiendo cómo habían actuado creyéndolo muerto. Tomó un tren esa misma noche, aunque el recuerdo desgarrador de aquella iglesia, de aquellos gestos cabizbajos, siguió estando con él hasta la llegada de su segunda muerte.
RETRATO DE AGUSTÍN OTERMÍN (1892), DE JOAQUÍN SOROLLA

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