viernes, 2 de marzo de 2018

(Microcuento) El carpintero y el hijo



Había corrido la noticia de que mis precios eran los mejores de toda la ciudad. Desde entonces, andaba como loco de acá para allá. Mucha gente me hacía encargos; me llamaban y les daba cita. Y, claramente, el hecho de que fuera uno de los mejores carpinteros de la ciudad se debía, en parte, a que quedábamos muy pocos.
La señora que me llamó el lunes por la mañana me dijo que, cuando fuera a su casa, no la encontraría a ella, pero que su hijo me estaría esperando para indicarme la puerta que se debía arreglar. Yo le dije a todo que sí y le comenté mis precios. Me respondió que dejaría un sobre blanco con dinero en el recibidor; si la cifra de dinero era superior a la de mi servicio, podía quedarme el resto como propina. Cuando colgué el teléfono, sonreí y canturreé una canción bonita.
El día siguiente, a eso de las once, ya me encontraba en la entrada de su casa. Llamé al timbre y esperé con un maletín de hierro —pesaba endiabladamente: allí dentro llevaba mis herramientas— en una mano. En efecto, me abrió un joven de unos dieciocho o diecinueve años. Estaba lívido y sus ojos me recordaban a canicas. «Entre, es en el primer piso», dijo. Subimos por unas escaleras de peldaños altísimos; aunque era pleno día, el interior de la casa se mantenía en una discreta oscuridad. «Perdona, ¿puedes encender alguna luz? No me veo», pedí, pero creo que no me oyó. Caminaba delante de mí, rápida y silenciosamente; había algo en su andar que se me hacía exasperante.
Le seguí por los distintos pasillos de la casa. En las paredes, había vitrinas llenas de distintos tipos de figuras: dedales, huevos de Fabergé, diminutas esculturas de porcelana (una bailarina, una flor) y, sobre todo, muchos muñecos. Parecían muñecos de coleccionista, pulcramente vestidos y con unas expresiones faciales que, cuando no resultaban adorables, daban miedo. En las paredes, asimismo, había algunos cuadros de temáticas variopintas; vi desde un paisaje urbano hasta un grupo de pekineses. Lo que más abundaba eran los retratos, en los que los modelos parecían algo adormecidos después de haber pasado tantos años encerrados en ese edificio.
—Es aquí —dijo el chaval, y señaló una puerta blanca entreabierta. Detrás de la puerta, solo logré ver oscuridad. Dejé mi maletín en el suelo y me dediqué a examinar las bisagras, la cerradura, todo. En dos minutos, ya había identificado cuál era el problema. Me volví para comentárselo al chico y lo encontré con la mirada fija en mí, los brazos a cada lado si fuese uno de los muñecos de antes y la boca entreabierta. Me quedé en blanco y solo pude articular unas palabras: «Ya… ya sé qué pasa. Ahora lo soluciono.» Él asintió.
Abrí mi maletín y empecé a sacar tornillos y martillos. De vez en cuando, le miraba de reojo, puesto que había algo en él que me hacía desconfiar, que me llevaba a pensar que tenía intenciones ocultas. Piqué, giré e hice algo más; en unos diez minutos, la puerta ya se podía cerrar y abrir con total normalidad.
—¡Listo! —exclamé. El chico no se había movido ni un solo centímetro. Mantenía una pose muy rígida; notaba cierto frío con tan solo verlo. Como que sentía cierta curiosidad por la sala a la que llevaba la puerta que había arreglado, me inventé una excusa: —Puede que la razón por la que no podíais abrir ni cerrar la puerta tenga que ver con el tipo de material que guardáis en la sala a la que conduce la puerta. ¿Qué tipo de cosas tenéis allí?
El muchacho dio dos pasos al frente; yo retrocedí, con miedo. Avanzó un brazo y entonces entendí que pretendía encender el interruptor de la sala. La oscuridad desapareció. La habitación estaba llena de cajas y baúles de madera. La bombilla pelada colgaba del techo como si fuese un búho encima de una rama. Aunque lo habría dado todo por saberlo, no me atreví a preguntar qué había dentro de esas cajas.
Me acompañó a la salida en un silencio todavía más punzante que el silencio de cuando había llegado —evidentemente porque el silencio de antes era el silencio que comparten dos personas que todavía no se conocen; el silencio de ahora seguía siendo el mismo, aunque demasiado homogéneo, demasiado sostenido en el tiempo. Cogí el sobre que la madre del chico había dejado en el recibidor. Descendí las escaleras. Pisé el exterior y me sentí aliviado. La puerta se cerró a mis espaldas, sin que él me hubiera dicho siquiera adiós. Abrí el sobre para comprobar cuánto había: la propina duplicaba el precio de mi trabajo.
JAPPE NILSSEN EN UNA SILLA DE MIMBRE (1925-1926), DE EDVARD MUNCH

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