sábado, 31 de marzo de 2018

(Diario) 31 de marzo de 2018



Por la mañana, voy a Caldes d’Estrac con Alba, donde visitamos la exposición Pregon desig, de Miquel Barceló. Caldes es una población tranquila, muy bella, resguardada entre montañas.
De vuelta a Mataró, paseo por el Parc Central, el parque de mi infancia. Los eucaliptos, los bustos de hombres respetables, las cañas de bambú, los plataneros. El olivo en el que jugaba con Alicia, Josep y Helena. Ese olivo: ¿cuántas generaciones, cuántos niños has visto, olivo? Un viento feroz me alborota el pelo, hace que los árboles renieguen.

Un sueño de ya hace unas semanas: camino por el bosque, disfrutando de su ruidoso silencio. Delante de mí, se abre un hoyo bastante profundo, como esos hoyos en los que caía en los sueños de mi pubertad. De repente, del bolsillo de mis pantalones, empiezan a caer monedas y más monedas. Todas van a parar al interior del hoyo, haciendo un tintineo como de cosa que va a perderse para no recuperarse nunca más. Me agacho con tal de intentar recuperar algunas monedas de dentro del hoyo, pero la misión es fallida. Tengo que dar gracias por no haber caído en él. Sin embargo, la angustia que me provoca haber perdido mis monedas es mayor que el horror que me causaría precipitarme a ese abismo. ¿Cómo es posible que hayan caído? No tenía ningún agujero en mis pantalones. Pero las he visto resbalar, doradas, brillantes. Mis monedas caían como una lluvia dorada, seminal, y yo nunca he sido avaro, pero es que era mi dinero.

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