lunes, 26 de marzo de 2018

(Diario) 26 de marzo de 2018



En el Teatre Monumental, ayer por la tarde, vi la adaptación de Oriol Broggi de Bodas de sangre, de Lorca. El texto es bellísimo. La puesta en escena, decepcionante. El público no paraba de toser y murmurar: Mataró no merece ni una pizca de cultura.

La imagen de la vida como río sigue poseyendo una fuerza descomunal. Hay momentos en que el agua circula calmosamente —incluso diríamos que pace. Esos momentos se encuentran en la infancia y, dependiendo del carácter de cada uno, podrán recuperarse más adelante —si uno tiene las agallas de poner en suspensión lo que sabe, claro. Otros momentos son como un río desbordado; los sentidos de la vida se pierden y todo se llena del mismo azul hasta llegar al ahogo. Me temo que siempre he tenido una mayor predisposición a convertir mi vida en un río furioso y fuera de toda norma. Si de adolescente hubiera sabido que lo que me parecía dudoso y temible entonces me lo seguiría pareciendo ahora, habría podido afirmar que, por más cambios que se sucedan a nuestro alrededor, nosotros nos mantenemos más inmóviles que rocas; desconocemos demasiado lo que subyace dentro de nuestra consciencia como para que podamos modificarlo.

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