viernes, 23 de marzo de 2018

(Diario) 23 de marzo de 2018



Ayer terminaron las clases. Por la mañana, a la hora de Lingüística, salimos a hacer un trabajo en grupo al jardín del claustro. La luz de la mañana hacía pensar en lo vivo, lo alegre. A pesar de esa imagen, la juventud que imaginaba tiene poco que ver con la que estoy teniendo.
Como que me hacía pereza ir a la clase que tenía por la tarde, me fui a visitar el MACBA. Salí muy triste de dicho museo. El MACBA es un museo que parece un hospital. Las obras que se exponen en él están enfermas porque no tienen a nadie que las mire. Es un museo para hacerse fotos: los visitantes —sobre todo los turistas jóvenes— se hacen fotos en sus salas, terroríficamente asépticas, y las cuelgan en Instagram después de retocarlas.
Hoy, por la mañana, gimnasio. Hay una serie de personas que veo prácticamente cada día en el gimnasio. Suelen ser las más raras del lugar. Hay un hombre de cabello rubio —de un tono tan falso que indudablemente debe ser teñido— que viste pantalones de ciclista y tiene un posado altivo. Una chica siempre lleva tops negros muy cortos y pantalones color rosa ceñidos, como si su único objetivo fuese el de llamar la atención. También hay una pareja —una chica con curvas y un pelirrojo— que veo más ocasionalmente, pero que me tienen fascinado porque van a todos lados juntos, como sintiéndose incapaces de separarse. Además, hay los entrenadores: Adrián, Bea y Andy. Bea siempre me saluda y Adrián es el clásico cachas. Andy tiene los ojos azules, es calvo y me da cierto miedo. Hay dos señoras que se encargan de la limpieza: Manoli y Ana. Ana me saluda cada día; Manoli, solo cuando yo la saludo antes. La jovialidad de Ana me sorprende: limpia váteres y manchas de sudor sin inmutarse. Estoy pensando en apuntarme a la piscina municipal porque ver todas estas caras a diario empieza a resultarme insoportable.
Por la noche, en el tren de vuelta a Mataró, un borracho habla con los pasajeros. Me hace preguntas: lo ignoro. Está sentado a mi lado y me acojona. Dice cosas al aire, sin mirar a ningún lado: «Tener cuarenta años, ser un borracho y ser inteligente está mal visto.» Baja en la misma parada que yo, pero, por suerte, le pierdo de vista rápidamente.

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