martes, 27 de marzo de 2018

(Artículo) Cómo comer un postre



La idea de que el postre es la parte más innecesaria, más accesoria, más contingente del menú ha causado estragos al entrar en el inconsciente colectivo. Hoy en día, es difícil ir a un restaurante en grupo y responder afirmativamente cuando el camarero pregunta: «¿Querrán postre?» El asunto es aún más espinoso cuando uno está solo en casa: ¿tengo que comer postre todos los días? ¿O solo los fines de semana? Discernir cuándo se ha de comer postre y cuándo no en la privacidad del hogar es complicado e incluso diría que requiere una gran cantidad de experiencia del mundo.
Por todo ello, nos centraremos en cómo comer un postre cuando se está en un restaurante. Se supone que ir a almorzar o cenar a un restaurante es algo excepcional: así, pedir postre no nos debería hacer agachar la cabeza; aunque muchos se esfuerzan en desacreditar los postres y todo lo que tenga un nivel calórico importante, conviene reivindicar el tercer plato. Así, lo primero que debemos hacer para comer un postre es no rechazarlo bajo ningún concepto. Todas las excusas son débiles: «Es que estoy haciendo dieta», «es que estoy yendo al gimnasio». Nada. Además, rehusar un postre diciendo que estamos haciendo dieta o que estamos yendo al gimnasio aumentaría nuestras posibilidades de tener enemigos: debemos ser precavidos.
Ya dispuestos a pedir un postre, pasamos a la siguiente fase: argumentar por qué lo aceptamos. Esta es la parte que, a ojos ajenos, nos convertiría en un modelo a seguir, es decir, en un prototipo posmoderno, muy frágil y demasiado humano. Tenemos que decir algo parecido a lo siguiente: «Solo se vive una vez.» Lo más importante en este punto es recordar a los demás comensales que somos mortales y dejar en ridículo a quienes han preferido no escoger postre, puesto que incluso ellos, dentro de unos años, van a pudrirse dentro de una tumba/van a convertirse en chamusquina dentro de un horno.
Haré un único recordatorio final: hemos estado hablando de cómo comer un postre. Todo el artículo se refiere al postre en singular, y eso no es un detalle baladí; es más, puede ayudarnos, nuevamente, a no ser demasiado odiados por los demás. Que hayamos hablado de comer un solo postre significa que no nos comeremos el postre de los demás. Seguramente, si reflexionamos sobre ello, puede parecer de absoluta lógica, pero, cuando el acto de comer un postre se lleva a la práctica, algunas personas pecan pidiendo a quienes les rodean que les dejen probar una pizca de sus respectivos —y respetables— postres para saber cómo saben. Por favor, no hagan eso. Por más cívico que parezca ese gesto, revela una crueldad sin parangón, un estómago entrópico.
LA CENA (1971-1980), DE ANTONIO LÓPEZ

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