domingo, 4 de marzo de 2018

(Artículo) C. Tangana en Barcelona o Flaubert y el realismo



Flaubert, en una carta a George Sand, escribió: «yo desprecio lo que se ha dado en llamar realismo, aunque me hayan declarado uno de sus sumos sacerdotes.» Y, sin embargo, hoy en día se suele estudiar la obra de Flaubert como algo muy cercano al Realismo —a veces, de hecho, se le considera un padre de la novela realista. C. Tangana, por otro lado, no considera que haga trap, aunque, siempre que se habla de la irrupción del trap y de sus grandes nombres, es fácil que salga mencionado. Sea como sea, el trap está viviendo su apogeo; todos oímos hablar de este estilo musical constantemente. El trap, como tantas otras cosas, ya existía antes de que se pusiera de moda, de manera que nos encontramos en ese curioso momento en que, en los conciertos, los fans de toda la vida se mezclan con los nuevos, los oportunistas, los arribistas, los advenedizos.
Podríamos decir que los fans advenedizos de C. Tangana son los que le descubrieron después del éxito de «Mala Mujer». Bien. En ese caso, yo soy uno de ellos. Cruzo de dedos para que esta noche, en el concierto de Puchito[1] en Razzmatazz, los fans castizos no me noten demasiado la falta de autenticidad (¡uf!). No es culpa mía que llegue tarde a todos los sitios.
El telonero, Sticky M.A., toca algunos temas del grupo que tenía junto a otros tres chicos y C. Tangana, Agorazein. Al público le encanta. Se saca la camiseta y lanza una botella de agua a la multitud. En fin. Canta el que podríamos juzgar como su gran temazo, «YanoaY», pero la gente no reacciona con tanta excitación como debiera, ¿qué le vamos a hacer? Confirmamos que en el público de este concierto hay una mezcla —gente arreglada, gente en chándal, gente que imita a C. Tangana, gente de treinta años, gente muy joven, algún adolescente junto a sus padres.
Más tarde, C. Tangana hace una entrada triunfal y tal. Pirotecnia. Se le aplaude, se le corea. Viste un chándal blanco de Nike y una camiseta interior blanca. «Caballo Ganador», «Guerrera», «Pa Que Brille», «Inditex», etcétera. Entre unas canciones y otras, se detiene a hacer discursos sobre su último álbum, Ídolo: ¿cómo reconocer un falso ídolo de un verdadero ídolo? ¿A qué ídolos admiro? ¿Sabéis que si hace un año me hubierais visto actuando en las Ramblas no me habríais hecho ni caso? ¿Sabéis que yo vivo del espectáculo pero vosotros sois el espectáculo? Creeríamos que las palabras de C. Tangana dan mal rollito en el contexto de un concierto, pero seguramente solo una minoría de la sala le está escuchando y el resto espera a que pase al siguiente tema.
Antes de que acabe, un cambio de outfit: camiseta negra y pantalones estrechos, de colores. C. Tangana, sobre todo en su forma de vestir, parece y se siente madrileño. «Mala Mujer» no despierta tanto entusiasmo como sería previsible: aunque es una canción que nunca cansa, hace pensar en el verano del año pasado. El Auto-Tune es fabuloso. «No Te Pegas». Fantástico, sí. El concierto se dirige a su final y, sin embargo, el público pide: «¡Rosalía! ¡Rosalía!» Se exige que Rosalía salga al escenario y cante junto a C. Tangana «Antes de morirme». Es comprensible. Pero Rosalía no sale. A todo el mundo le queda un sabor de boca agridulce —con un ligero regusto de la cerveza a cinco euros que hay en la barra—, pero no cabe duda de que el concierto, en su conjunto, deja un recuerdo tan entrañable como el que todos guardamos de Madame Bovary.


[1] C. Tangana.

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