jueves, 1 de febrero de 2018

(Microcuento) Qué es ser un artista para mamá



Todos los sábados por la mañana, iba al estudio de una pintora. Allí, había otros niños. No jugaba mucho con ellos porque lo que me interesaba era aprender a dibujar. Aprendí poco porque la pintora no era nada académica y tenía mucho carácter y solo me enseñó a hacer unos pechos de mujer de forma realista. El día que descubrí las acuarelas, me pareció que el mundo se abría delante de mí como si fuese una granada.
Mamá pasaba a recogerme a eso de las doce del mediodía. Me ayudaba a llevar mi cartapacio, que era tan ancho y tan alto que no me cabía ni debajo del brazo. Íbamos andando a casa, ya que el estudio de la pintora estaba relativamente cerca y, así, de paso, me obligaba a caminar.
Un día, salí tan contento que lo primero que le dije fue: «¡De mayor quiero ser artista!» Lo expresé con convencimiento, pero no llegué a asustarla. Aun así, me respondió, como para precaverme ante la vida: «¿Pero tú sabes que muchos artistas mueren sin ser famosos? ¿O que mueren y, entonces, se hacen famosos?» Los ojos dejaron de brillarme. ¿Ah, sí? No añadí nada más. Me habría gustado hacerle alguna pregunta para seguir averiguando cómo eran los artistas, pero tenía miedo de que volviera a decepcionarme.
Es evidente que el comentario de mamá no me hizo desistir. Al llegar a casa, me puse a dibujar como si tuviera que gastar la mina de todos mis lápices. No renunciaría a ser artista el mismo día en que se me había ocurrido convertirme en uno (aunque ese deseo se me olvidaría con los años). Lo que me dije para mis adentros fue que, si realmente era tan difícil que los artistas triunfasen en vida, tenía que ponerme manos a la obra cuanto antes mejor.
Pensé en una vida de sacrificio; una vida centrada en pintar, pintar, pintar. Es curioso que, aunque estuviera en esa edad en que la vida aún no se concibe en su totalidad (si es que alguna vez llegamos a hacerlo), lo que se me presentaba más claramente era que la debería dedicar entera a esa voluntad que me había nacido por la mañana, en el estudio de la pintora, y que era dura, tosca; parecía que estuviera fijada en un punto de mi corazoncito.
Sí, puede que con el tiempo me deshiciera de la idea de ser un artista, pero las palabras de mamá siguieron conmigo. Durante muchos años, cuando veía un vagabundo por la calle, me imaginaba que era un artista que moriría sin ser famoso. Eso mismo: quizá moriría y, a los pocos meses, alguien repararía en la fuerza y consistencia de sus pinturas.
«CHICA Y GATO» (1937), DE BALTHUS

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