jueves, 8 de febrero de 2018

(Diario) 8 de febrero de 2018. Opiniones, Hannah Arendt, preocupaciones



Veo a gente que, cuando opina sobre algún tema, no hace más que intentar legitimarse a sí misma. Sus opiniones —podríamos decir: su vida teórica— dan un sentido a su manera de trabajar, de estudiar, de trabar relaciones humanas —a su vida práctica, en definitiva. ¿Esto es necesariamente así? ¿Cuando damos nuestra opinión tenemos que ceñirnos a lo que conviene a nuestros intereses? No lo veo tan claro. Últimamente se ha insistido mucho en que lo simbólico está estrechamente conectado con lo material, pero lo que yo digo no tiene una dimensión política —o, al menos, esta dimensión no es la más visible de buenas a primeras— sino, sobre todo, una dimensión individual. Hablo de formarse las opiniones propias a partir del sentido común, del pensamiento, de la imaginación, de la memoria, y no solo a partir de lo que resulta conveniente con tal de dar sentido a nuestro modo de obrar. Así pues, alguien que trabaje en la educación no tendría por qué necesariamente ser votante de un partido de izquierdas —entendiendo que la izquierda, tradicionalmente, ha encarnado el papel de defensor de la educación—, sino que podría encontrar más razonable votar a uno de derechas sin que eso entrase en conflicto con su práctica diaria.
El día en que empecé a distinguir la vida teórica, las opiniones, de la vida práctica, me sentí profundamente aliviado. Seguramente, esta distinción no siempre se puede realizar, pero es un buen punto de partida para ampliar la mirada que uno mismo tiene sobre el mundo. Hablar de opiniones no es hablar de algo insignificante; nuestras opiniones y, más específicamente, nuestro gusto son una de las (¿pocas?) vías que nos permiten establecer relaciones con los demás. Hace tiempo que estas palabras de Hannah Arendt me dan vueltas, dulcemente, por la cabeza: «Todos sabemos que no hay nada comparable al descubrimiento del acuerdo en cuestiones referentes a aquello que gusta y que no gusta para ayudar a los seres humanos a que se reconozcan los unos a los otros, y sientan después unos vínculos irrevocables entre sí.»
Una de las mañanas más frías del año. A las once, estamos a cuatro grados. En la marquesina del autobús, a mi lado, a un hombre le tiemblan las rodillas. La piel de mis manos está fría y seca; le han empezado a aparecer unas manchas rojas. Un día así, uno preferiría quedarse en casa, leyendo. Algo que hace dificilísimos los años universitarios es que la asistencia a clase no sea obligatoria. Curiosamente, uno de mis profesores empieza su clase diciendo: «Els dies així preferiria quedar-me a casa, al sofà, veient una pel·lícula dolenta.» Me consuela que el sentimiento sea compartido.
En la primera clase del día, comento a una compañera: «Anoche me desinstalé todas mis redes sociales del móvil. Les veía una multitud de inconvenientes: me mostraban el contenido que publicaba gente que seguía y ya no me interesaba, el contenido de viejos amigos que no me recuerdan... Me estaban sirviendo de recordatorio constante de cosas que habría preferido no tener presentes. ¿Todas esas imágenes y tuits realmente me importan? Sin embargo, esta mañana me las he vuelto a instalar. Quizá porque me sentía solo o quizá porque me aburría.» «Vaya, nunca había tenido esa preocupación. Supongo que no estoy tan enganchada como para tenerla.», me responde. No considero que esté enganchado a las redes, pero, por poco que las use, me resultan mucho más agobiantes que el mundo inmediato. ¿Entonces, por qué las uso? Ni yo mismo me lo sabría explicar. Podría aducir que, sin redes sociales, no tendría modo de publicitarme como escritor, pero, en los últimos años, las redes apenas me han servido para dar a conocer mi obra. Tal vez solo las uso por cierta inercia generacional, porque lo extraño, hoy en día, sería no utilizarlas.
Entre una clase y otra, doy una vuelta por Carrer Pelai, Carrer Canuda y Carrer Tallers. Compro un café para llevar. Una señora, en lugar de paraguas, lleva una bolsa de plástico sobre la cabeza. Muchos pakistaníes (¿realmente son pakistaníes? ¿En qué me fundo para decirlo?) venden paraguas; uno se acerca a un chico que va sin paraguas, en camiseta, pero este le ignora —parece, exactamente, que esté en su mundo.
Es posible que falle a la hora de ver la verdadera razón de mis preocupaciones. Es posible que vivamos angustiados por inquietudes insignificantes sin darnos cuenta de que la inquietud auténtica es una sola: la finitud del hombre. Aunque las palabras nos podrían servir para cobrar consciencia de esto, preferimos desaprovecharlas e invertirlas en la invención de dramas ridículos. ¿Alguna vez aprenderemos a discernir lo que realmente nos importa de lo que es transitorio y está sobrevalorado? Probablemente no. Las buenas narraciones —no solo en el cine y la literatura, sino las narraciones que nos contamos a nosotros mismos y a los demás— nacen de un desvío: del desvío de las cuestiones universales hacia las circunstancias particulares. No queremos renunciar a narrar. Aceptamos la vida porque tiene alicientes como ese. Si todo lo que dijéramos tuviera valor universal, nos haríamos insoportables.

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