miércoles, 7 de febrero de 2018

(Diario) 7 de febrero de 2018



He perdido constancia en la escritura de mi diario. Desde hace semanas, en lugar de apuntar aquello que creo importante y pensar detenidamente sobre ello, me dedico a evadirme en las redes sociales, a sumergirme en los estímulos visuales que me ofrecen y poco más. Todo está bien en su justa medida. Yo soy alguien de extremos: o pienso o no pienso; o me alieno o no me alieno. Así, este es el momento en que tomo consciencia de lo que me ha estado pasando y me recuerdo a mí mismo que mi prioridad es escribir, así que escribiré. ¿Escribir soluciona algo, a la hora de la verdad? La palabra también es acción. Decidimos qué cambios haremos con las palabras y estos cambios ya se dan en el momento en que los formulamos, no solo cuando los efectuamos materialmente. Confiemos en eso. Confiemos en el poder de la palabra. Y ya se verá, con el tiempo, si teníamos razón o no.
¿Qué autobús debería tomar para llegar a Barcelona? El que hace el trayecto más corto, claramente. Pero ¿por qué? Porque tengo prisa. Pero ¿por qué sigo tomando el autobús que hace el trayecto más corto cuando no tengo prisa, cuando podría entretenerme yendo por el camino más largo y disfrutar del hecho de andar? Muchas veces, sin que me corra ninguna prisa, me digo una mentira a mí mismo: «Debería llegar a casa a través de algún atajo porque tengo cosas que hacer.» ¿Y, realmente, tengo cosas que hacer? Poner la mesa, cambiarme la ropa de calle por el pijama, imprimir los apuntes de clase... En realidad, si no ando más por la calle, posiblemente es porque me han enseñado que donde cada uno está mejor es en su propia casa. Me gustaría entender la calle, el espacio público, como un lugar acogedor, familiar, pero, si así lo hiciera, este espacio dejaría de contrastar con el de mi propia casa, que es donde encuentro la calidez y la calma. De pequeño, estaba convencido de que llegaría el día en que el exterior ya no me asustase. Puede que pusiera demasiadas expectativas en ello: en realidad, el miedo a lo exterior, a lo que nos es desconocido, es el miedo a que nos hagan daño. El universo no está tan interesado en herirnos como en ocasiones creemos. La inseguridad que sentimos dentro de nosotros vive si puede proyectarse hacia fuera; en verdad, la mayoría de amenazas que notamos son fruto de nuestra imaginación. Y, aunque soy consciente de esto, sigo temblando cuando algo ajeno a mí se me acerca; cuando un señor, por la calle, me detiene para preguntarme cómo llegar a las Ramblas.
En la universidad, en la presentación de una asignatura, nos proponen escribir un diario de lectura. Mi alegría es inmensa. Desde hace poco, he decidido pasarme el semestre sumergido en la lectura y (¿por qué no?) también en el estudio. Me falta serenidad, silencio. Se cree que esas son cosas que llegan con la edad —quiero decir: con la vejez—, ¿pero cuántas cosas nos perdemos al intentar aprovechar la juventud? La vida acelera su ritmo y casi nos asfixia cuando pretendemos forzar lo que nos ocurre. Que las cosas lleguen y nosotros estemos dispuestos a recibirlas: esa actitud favorable a las oportunidades me parece especialmente digna, aunque nos falta paciencia para ponerla siempre en práctica.
Volviendo de clase, por la calle, veo a una chica sentada como un indio en la puerta de un edificio. En un primer momento, tengo la impresión de que está pidiendo dinero. Veo una lata a su lado y confirmo esta impresión. Poco después, me doy cuenta de que la lata está medio llena y de que no la usa para guardar limosnas, sino que bebe de ella. Es curioso y espeluznante a la vez: con tan solo sentarse en medio de la calle y suplicar, uno pasa a ser visto por los transeúntes como alguien desgraciado, alguien a quien el mundo no ha tratado como debiera. Si lo que buscamos es el reconocimiento, la mirada del otro, no es necesario que estemos realmente hundidos en la miseria para que, en cierto estadio de la realidad, efectivamente nos hundamos en ella.
Pero lo que encuentro por la calle no es solamente esto. También hay cositas bonitas, como las narices grandes y las mandíbulas algo retiradas, la ropa elegante (veo abrigos de piel con forro de lana) o un conocido que se hace el loco cuando me ve.

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