miércoles, 28 de febrero de 2018

(Diario) 28 de febrero de 2018



Las mañanas lluviosas y frías pueden ser exquisitas si uno las pasa en casa. Hoy tengo una de estas mañanas. Leo, aunque poco. Vila-Matas, Flaubert, Kundera. Acumulo lecturas. Leo de pie; sentado a mi escritorio; paseando por las habitaciones, el comedor y el pasillo.
Las palabras que anoche me dirigió G. me hirieron. ¿En qué medida debería confiar en él? Quizá su idea de literatura es tan distinta a la mía que, si me dejo guiar plenamente por sus consejos, acabaré haciendo algo alejado de lo que querría hacer. ¿Estos últimos nueve años han pasado en vano? ¿Todos los libros leídos, todos los textos escritos, todos los cursos hechos, toda la ilusión puesta no han servido de nada? Según G., tengo talento, pero la mayoría de comentarios que ha hecho sobre mi obra hasta ahora son tan negativos que nada me llevaría a pensar que lo del talento lo dijo por algo más que por piedad.
Sí, G. me dijo que lo que yo había hecho no era literatura. Si algún día me dedico a la crítica literaria, no usaré el recurso de juzgar una obra diciendo: «Esto no es literatura.» O, en cualquier caso, diré: «Esto no es literatura según los parámetros que antes he establecido.» Todas las definiciones de la literatura parecen insuficientes porque no la pueden asir. No creo que un texto sea literario o no en función de su calidad literaria: más bien lo es en función de si contiene ficción y dicción o no (ese criterio, el de ficción y dicción, al menos es eficiente).
Al bajar del autobús, veo a una madre con el cochecito de su bebé que intenta salir del vehículo. ¿No debería preguntarle si necesita ayuda? Me pongo a andar y no lo hago. Pocos segundos después, me doy cuenta de que he desaprovechado una oportunidad. Estoy bastante convencido de que no solo podemos considerar que son oportunidades aquellas disposiciones de la realidad que nos favorecen personalmente. Una oportunidad se da cuando una serie de circunstancias nos son favorables para que hagamos algo, independientemente de que esto vaya a nuestro favor o no. Si la oportunidad que se nos ofrece consiste en ayudar a los demás, no cabe duda de que, incluso en un caso así, se acaba obteniendo cierta satisfacción propia: no solo somos solícitos con los demás porque nos guste ayudar, sino también porque nos gusta vernos a nosotros mismos ayudando a los demás.

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