martes, 27 de febrero de 2018

(Diario) 27 de febrero de 2018



Estamos pasando por una terrible racha de frío. Hay previsión de que nieve en Mataró en las próximas horas. Salgo hacia Barcelona a las cuatro y pico de la tarde; allí, la temperatura todavía es más baja. Me he saltado las dos primeras clases del día.
Envío un microcuento y un relato a G. Los lee por la tarde. Por la noche, le pido su opinión: «¿Me preguntas francamente qué me han parecido? Fatal. Te fijas en detalles intrascendentes. La literatura no es eso.» Quedo desolado. Los peores días del invierno han coincidido con los embates más críticos que había recibido en mucho tiempo. ¿No sería hora de replantearme esto de dedicarme a la literatura? Aunque, al mismo tiempo, veo tantos escritores que empezaron a publicar a los veinticinco o treinta años que intuyo que, en algún momento de su juventud, también debieron dudar sobremanera. No sé qué hacer. El mismo G. me dijo, la primera vez que hablamos: «Tus textos son pésimos, pero tienes alguna foto bastante buena.» ¿Eso debería consolarme? Creí que se estaba riendo de mí. ¿Ahora debería dedicarme a la fotografía? O podría preguntarme: ¿debo creerme todo lo que diga este señor? El panorama es triste porque los pocos que me leen quedan decepcionados por mis escritos. Nada me hace pensar que las cosas vayan a cambiar. Pasaré por este mundo como todo el mundo y mi huella acabará desapareciendo de la tierra. También lo hará la de los grandes hombres, la de los grandes escritores, aunque tardará un poco más en hacerlo.

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