lunes, 26 de febrero de 2018

(Diario) 26 de febrero de 2018



Por la mañana, voy con Abril a clase de Antropología Filosófica. El cielo está nublado y echo algo de menos estudiar Filosofía. En el pasillo de la facultad, a una mujer se le cae al suelo el montón de papeles que lleva entre los brazos; tres chicos le ayudamos a recoger; encuentro un hilo blanco en el suelo y se lo acerco, diciéndole: «¿También es suyo?» Ella lo coge y dice: «No, no es mío, pero aprovecharé para tirarlo a la basura», y ríe. Automáticamente, siento que he hecho el ridículo y pido disculpas, pero, minutos después, vuelvo a pensar en ello y agradezco que haya compartido ese instante cómico, cómplice, con la desconocida. Podría solamente haberle ayudado a recoger y con eso sería suficiente, puesto que la cortesía ya es un gesto por el que nos podemos sentir satisfechos, pero mi pequeña boutade al recoger un hilo del suelo y ofrecérselo aún ha mejorado la situación, le ha aportado algo más de singularidad.
Como escritor, he tropezado fabulosamente dos veces: la vez que quise tener un estilo solemne (y solo acabé siendo pedante y pomposo) y la vez, más reciente, que quise escribir sobre mi propia vida. La pedantería y la autobiografía: las dos ocasiones revelan algo de mi carácter, y es que tengo una tendencia a la vanidad bastante fuerte.
Cuando llego a Mataró, caen copos de nieve. Una escena así, cuando era pequeño, me habría hecho una infinita ilusión.

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