lunes, 19 de febrero de 2018

(Diario) 19 de febrero de 2018



Puede que G. tuviera razón, pero no toda la razón. Me recomendó que escribiera como si ya estuviese muerto. No entiendo esa necesidad de volverlo todo impersonal. Históricamente, veo dos grandes movimientos que han querido esconder la subjetividad: el cristianismo (la idea es: Dios importa y tú no, así que solo deberías expresar lo que la Divinidad te haya revelado) y el cientificismo (lo que importa es la ciencia, no tu visión del mundo). ¿Por qué la literatura debería encontrarse en medio de todo eso? En cualquier caso, las palabras de G. me sirven para reflexionar sobre mi relación con la ficción. Quizá no deba aspirar a escribir autobiografía, puesto que, escriba lo que escriba, mi vida va a reflejarse en ello.
Me dirijo hacia Barcelona a las doce. El cielo está nublado. Veo, desde autobús, una mujer que ha desplegado su paraguas antes de que empiece a llover, como temiendo que se le olvidara hacerlo una vez se estuviera mojando. A la una de la tarde, me encuentro con Cate y vamos a tomar un café al Ateneu Barcelonès; paso una media hora o tres cuartos de hora hablándole de mis rayadas y temo que esté centrando demasiado la atención en mí; afortunadamente, después, Cate empieza a hablar y me cuenta una historia personal con todo lujo de detalles; escucharle es un placer porque habla desde la experiencia y la inteligencia.

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