domingo, 18 de febrero de 2018

(Diario) 18 de febrero de 2018



Ayer, por la tarde, fui a Barcelona porque no tenía nada mejor que hacer y porque Abril me había sugerido que quedáramos para charlar. Fuimos a la cafetería con vistas de El Corte Inglés, donde ella tomó una cerveza y yo, una copa de vino. Más tarde, fuimos al Ateneu, donde pidió un té y yo, un café. Pronto, se hizo tarde. Tuve que volver a Mataró; llovía. Al llegar, fui a encontrarme al restaurante Casa Pepe con Maria y Paula; tomamos unas seis tapas y reímos mucho. Luego, fuimos a nuestro bar de siempre, Serengeti, donde pedí otro vino; el dueño nos invitó a un chupito. No hubo más.
Hoy me he despertado tarde y no me he visto capaz de empezar la novela en que estuve pensando ayer. He preferido leer. Leer durante bastantes horas. También he visto una peli. Desde que recibí ese mensaje de G., me siento profundamente desestabilizado. Lo peor es que no me envió su crítica porque fuese un hater, sino porque es un lector sagaz; eso es lo peor y lo que hace que me lo replantee todo. Puesto que estos últimos meses no han sido ninguna maravilla, tengo razones para creer que su advertencia es valiosa. Vuelvo a considerar la escritura en relación con la ficción; es como volver a encontrar a un viejo amigo.

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