jueves, 15 de febrero de 2018

(Diario) 15 de febrero de 2018



Ayer por la tarde, el escritor J. G. respondió a uno de mis tuits siendo bastante duro, implacable. Dijo, refiriéndose a mi tuit —aunque fácilmente se podría haber estado refiriendo al conjunto de mi obra: «Un exemplar pur de vanitat, narcisisme, suficiència i absoluta manca d'elegància.» Estuve toda la tarde angustiado. Por la noche, comenté lo que me había pasado a Abril y supo encontrar las palabras indicadas para consolarme.
Esta mañana, me he decidido a empezar a seguir en Twitter a G.: quería, ante todo, comprender qué le había llevado a hacerme un comentario tan crudo. Me ha enviado un mensaje privado: «Espero que te hayas tomado mi severidad como gesto de interés. El día que dejes de mirarte al espejo y mires las cosas como si tú te hubieras muerto quizás podrías hacer algo parecido a lo bueno.» Hemos tenido una breve conversación. Entre otras cosas, me dice: «No cuestiono tus buenas intenciones sino tus pésimos resultados.» Los años han ido pasando y sigo encontrándome con que la mayoría de reacciones a mis escritos o son mensajes destructivos o es un silencio indiferente. A veces, me olvido de que esa es la realidad que, como escritor, tengo delante. Otras veces, la siento demasiado presente.
De la misma forma que un enfermo acaba hablando solamente de su propia enfermedad, un tímido es, muy posiblemente, un egocéntrico, ya que se ve a sí mismo como una enfermedad, como un enfermo que a su vez es su enfermedad, y acaba no viendo el exterior, ignorándolo por completo. No sé si esto es del todo cierto, pero es la manera en que he vivido mi timidez.
Me planteo abandonar la escritura de Llamar otro al otro —que, en su origen, debía titularse Josep y Pau. He intentado empezar esta novela unas cinco o seis veces, pero siempre me acabo deteniendo en la página veinte o treinta. ¿Por qué motivo? Porque he dejado de creer en la forma que había dado a las páginas ya escritas o bien porque temía hacer daño con la historia que contase. Era una historia sobre enemigos, sobre hermanos enfrentados. Es probable que necesitemos una distancia respecto a la historia que queremos contar con tal de que no nos asfixie.
Cuando ya se ha hecho de noche, a eso de las nueve, voy con Abril a Jazzpetit, un local donde dejan actuar a la gente del público que quiere hacerlo. Abril saldrá a cantar. Aunque ya sé que su voz tiene un gran potencial, estoy deseando verla sobre un escenario, enfrente de unas cuantas decenas de ojos que la observan con curiosidad y excitación.
Me deja impresionado. No habría podido ser de otra forma. El (poco) público la aplaude fervorosamente. Abril, desinhibida y segura de su talento, deslumbra llegando a unas notas que ni sabía que existían. A ratos, es excesiva, pero es un tipo de exceso barroco, sublime, que no molesta. El chico que toca el contrabajo hace muecas como si fuese un gato que, sintiéndose amenazado, enseña los colmillos; un escritor debería/podría hacer cosas tan indispensables y discretas como las melodías que se tocan con este instrumento. Cuando salimos del local, la tranquila noche de entre semana nos permite conversar; Abril me acompaña hasta la parada del autobús y vuelvo a Mataró sintiéndome como si hubiera estado en un país lejano. La música, ¡qué cosa más extraña!

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