martes, 13 de febrero de 2018

(Diario) 13 de febrero de 2018. Sueño, la palabra y la acción, maravillarse, amistad



Esta noche, he soñado que trataba de evitar que Abril y P. se conocieran. No obstante, acababan hablando. Una angustia me devoraba por dentro: no era posible que alguien que amo tanto como Abril pudiese conversar con alguien como P. sin que se notase entre ellos la más mínima tensión. Podemos perdonarlo todo, pero que uno de nuestros amigos más queridos hable con el peor de nuestros enemigos como si entre ellos no hubiera más que la fuerza de las palabras es algo que queda en el recuerdo.
Me he encontrado esta misma pregunta en distintos autores: ¿la palabra también es acción? Lo primero que se me viene a la mente es que, quizá, la palabra puede ser acción en según qué grupos sociales. En una sociedad totalitaria en que la palabra no es más que ideología —es decir, en una sociedad en que la palabra equivale a la nada—, puede que su alcance sea muy reducido, casi nulo. La Europa que conozco, por otro lado, es una Europa basada en las palabras y en algunas hermosas declaraciones. La realidad más reciente de los Estados Unidos no me parece nada envidiable: tal vez lo que se dé allí no sea algo como la palabra al servicio de la ideología sino la palabra al servicio del late night show. Los políticos europeos quieren ser profundos y, en mayor o menor medida, lo consiguen. ¿Querer ser profundo es un requisito indispensable para acabar siéndolo? Esa es una pregunta realmente enigmática. Siempre he defendido que el hábito acaba haciendo al monje si este tiene perseverancia, constancia, etcétera.
A propósito de la profundidad: andaba leyendo a Proust cuando me he encontrado un precioso fragmento. En él, el narrador habla de la última obra de Vinteuil, personaje compositor que frecuentemente se ha entendido como una alegoría de la música. El fragmento es el que sigue: «ningún programa, ningún tema aportaba un elemento intelectual de juicio. Se adivinaba, pues, que se trataba de una trasposición, en el orden sonoro, de la profundidad.»
Salgo de casa a eso de las ocho. Como si estuviera delante de la orilla, una ola de frío me toca; en los labios noto la misma sal que sentiría si me encontrase en la playa, debajo del sol, solo.
Tengo que dejar de maravillarme por todo cuanto veo cuando voy por la calle. Busco siempre las miradas humanas, las miradas de desconocidos. Casi nunca cruzo una mirada, como si la aplastante mayoría de transeúntes caminaran con los ojos fijos en su destino, encerrados en un gran átomo, sin dirigir un solo vistazo a su alrededor... ¿Me estoy pidiendo a mí mismo que abandone aquel trocito de niñez que permanece en mí? Al llegar al final de este párrafo, me doy cuenta de lo absurdo que es lo que planteaba al empezarlo. ¿Dejar de maravillarme? Eso es como una pequeña muerte. Nunca. Lo que debería hacer es estar agradecido porque la curiosidad por el mundo exterior siga despierta en mí. Salgo a la calle y veo a gente hermosa. Doy gracias por poder permitirme algo así —quiero decir: por poder permitirme este embobamiento.
¿Quiénes son mis padres? La mercería Sirés, el negocio familiar. Dentro del negocio, están mis padres biológicos, claro. Pero mis padres son la mercería, con todo lo que, además, ella conlleva. El negocio familiar es lo que me ha permitido ir a ciertas escuelas, a una universidad, a algunos cursos y talleres. Todos los espacios que he habitado tienen que ver con el precio que mis padres han pagado porque me encuentre en ellos. ¿Qué puedo extraer de todo esto? Que, como decía, mis padres son la mercería y que estoy lejos de gozar de una independencia real, de una falta de deudas con los demás. Quizá el ideal de la independencia se haya sobrestimado; lo que hay no son individuos, sino hombres que se relacionan y se endeudan.
Cuando pierdo el contacto con alguien que una vez fue un amigo muy cercano, lo elimino de todas mis redes sociales. Ver sus noticias, sus publicaciones, sus fotos, me hace sufrir: ha seguido haciendo su vida como si yo no existiese, como si nuestra amistad no hubiese tenido la menor importancia. De hecho, diría que si hay algo que me haga sufrir más que no poder conocer a alguien que me resulta interesante, eso es comprobar que, lentamente, me alejo de alguien con quien compartí cierta intimidad.

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