domingo, 11 de febrero de 2018

(Diario) 11 de febrero de 2018



Me despierto a eso de las dos de la tarde. Hoy proyectaban una peli que me interesaba en Barcelona, pero dudo de que llegue a tiempo. Este será un domingo un poco/bastante desperdiciado. Como con la familia y, después, me encierro en mi habitación. Hago la cama, abro la ventana, la cierro, leo. Debo estar en el momento de mi vida en que dispongo de más tiempo para dedicar a la lectura y, sin embargo, no le saco tanto provecho como debiera.
La finitud humana. El otro día, hablaba de la finitud humana con Abril. Ella parece convencida de que, cuando morimos, no desaparecemos. No cabe duda de que el cuerpo sigue su camino, sea pudriéndose o convirtiéndose en ceniza; abandona la forma por la que lo hemos reconocido y vuelve a ser pura materia. Si está tan claro que el cuerpo se transforma después de la muerte, ¿no podríamos intuir que al alma le pasa algo similar? Quiero decir: pese a que lo que me resulta más creíble es que el alma muere, también sería posible que lo que en verdad muriese fuese solo la consciencia. El alma, liberada de la consciencia, podría igualmente pudrirse y, así, reintegrarse a la realidad de una forma nueva. No tenemos ninguna garantía de todo esto. Lo que constatamos es que, al morir, dejamos de tener noticia directa del alma de los hombres y que sus cuerpos se tornan irreconocibles.
En el patio de casa, en una maceta, han salido unas hermosas capuchinas. Tienen la textura de unos labios perfectos. Excelsas, radiantes de color, me hacen pensar en el bosque de un mundo de fantasía.

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