sábado, 10 de febrero de 2018

(Diario) 10 de febrero de 2018. Sueño, autobiografía, dificultad, Razzmatazz



El sueño que he tenido esta noche me ha dejado el estómago algo revuelto: me encontraba en el teatro de un hotel, en una especie de entrega de premios, y tenía que salir del anfiteatro para ir a no sé qué lugar; una encargada del hotel, al verme donde no debería estar, se cabreaba y empezaba a gritarme. No consigo recordar más: tan solo la reprimenda por no haberme comportado correctamente.
Hay una idea que hace tiempo que me da vueltas por la cabeza sin que acabe de formarse, sin que yo acabe de tomármela en serio. El otro día, en clase, un profesor decía: «A eso de los sesenta y cinco o setenta años, a la gente le suele dar por contar su vida en unas memorias.» Bien. Querría escribir una autobiografía antes de llegar a la edad en que se suelen escribir autobiografías y memorias, ya que, para mí, las escrituras del yo no son algo puramente circunstancial, algo «de la edad», sino que se relacionan con toda la experiencia que se está viviendo, que se ha vivido y que está por vivirse.
¿Mi apuesta? Mi apuesta sería escribir dicha autobiografía entre los veinte y los treinta. Aún faltan tres meses para que cumpla veinte años; será entonces cuando empiece la marcha atrás. Una autobiografía en que contase las dos primeras décadas que he pasado sobre la tierra, bajo el cielo, entre algunas personas bellas y otras crueles. Las personas crueles: ¿cómo hablar de ellas? ¿Cómo escribir una autobiografía siendo respetuoso incluso con quien me ha tratado mal? Muy frecuentemente he intentado escribir con sinceridad, pero eso no impide que la gente se dé por aludida al leer mis textos y se enfade.
Considero que una autobiografía también es ficción. La distinción entre ficción y no ficción es puramente comercial, puesto que decir que un libro está basado en hechos reales vende muy bien. En verdad, ¿qué no es ficción? Está claro que compartimos un mundo común y que, gracias a este, confirmamos que hay una realidad —la realidad factual o algunas ideas abstractas como las de libertad o justicia. Ahora bien: siempre hablamos desde una subjetividad, desde nuestras propias costuras. La no ficción requeriría que se escribiera desde la objetividad, pero eso no es posible. Desde el momento en que decido narrar mi vida —en verdad, todos narramos nuestra propia vida (al contársela a un amigo, etcétera)—, aparece el artificio.
Por la mañana, leo un texto sobre ética que me deja bastante confuso, incluso angustiado. En él, se habla de la dificultad como aquello que aporta dignidad al ser humano. ¿Y bien? ¿Dónde está la dificultad en mi vida? La dificultad tiene mucho que ver con la necesidad y poco que ver con la libertad, según ese texto. Bueno, podría decir que no hay dificultad en mi vida desde que hago lo que quiero. En secundaria o bachillerato, aún me podía quejar porque, en el colegio, hacía asignaturas que me aburrían. ¿Y ahora? Estudio algo que amo, de manera que no me supone ninguna dificultad interesarme por la materia. Podría añadir algo de dificultad a mi vida empeñándome en escribir una novela, pero, cuando empiezo una, a las pocas páginas, desisto. También podría buscar un trabajo, aunque ya lo he intentado en varias ocasiones sin éxito alguno. Así pues, desde que llegué a la adultez, nadie me exige nada y tengo pocas posibilidades de demostrar mi voluntad de estar a la altura de la vida, de las circunstancias. Me estoy acostumbrando a la facilidad, estoy convirtiéndome en un perezoso. Leo y escribo a diario, pero no sé qué me distingue de un diletante. Detesto a los diletantes.
Antes de salir de casa, papá me repite lo de siempre: «Como que esta noche saldrás, te recuerdo que no te sienta bien beber y que tendré el móvil encendido toda la noche por si llamas. Y yo me iré despertando para ver si ya has vuelto, tenlo presente.» Desde hace un tiempo, le disgusta que salga de fiesta y me dice insistentemente que preferiría que no lo hiciera. Le paso un brazo por la espalda y le acompaño hasta la puerta de casa; una vez está fuera, se la cierro en las narices diciéndole adiós. A medida que papá envejece, le veo más como un niño y me enternece como nunca antes lo había hecho.
Por la tarde, voy al gimnasio. Ir al gimnasio es una de las cosas más absurdas que hago en mi día a día, puesto que solamente voy para estar dos horas corriendo en la bicicleta elíptica y lo que necesitaría para fortalecer mi cuerpo sería usar máquinas de peso. No uso máquinas de peso porque no sé usarlas, tendría que pedir ayuda a alguien y, bueno, lo último que me apetece es socializar, cuando estoy en el gimnasio. Así pues, voy prácticamente cada día al gimnasio para hacer dos horas de bici elíptica que no me sirven para nada: ¿qué le vamos a hacer? Así son las cosas hoy por hoy. Mientras estoy en la elíptica, me pongo alguna serie en el móvil. Hoy he vuelto a empezar la primera temporada de Looking. Cuando salen escenas de sexo, me asusto mucho porque estoy rodeado de gente y me temo que pensarán que estoy viendo porno; en estas situaciones, inclino sutilmente el cuerpo hacia adelante para tapar la pantalla del móvil, pero no sirve de nada.
Maria con la peluca mientras hago de Marlon Brando y Paula entrecierra los ojos 
Por la noche, voy a Razzmatazz junto a Maria y Paula. Antes, bebemos en Ovella Negra y en ese bar que hay al lado de la discoteca. Como que es carnaval, Paula lleva unos cuernos de diablo y Maria se ha puesto una peluca con flequillo. Aunque la discoteca tiene muchísimas salas, no encontramos ninguna con música de nuestro gusto. Bailamos en una en que pinchan temas de Alaska y Dinamarca. Más tarde, salimos y deambulamos hasta encontrar el camino hasta la parada del autobús. Volvemos a Mataró a eso de las cinco. Mientras nos dirigimos a casa, me pongo a correr de un lado a otro de la calle aprovechando que está desierta. El frío es severo y se me ha cortado la piel de las manos.

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