martes, 30 de enero de 2018

(Reseña de cine) Una belleza odiada. Call me by your name, dirigida por Luca Guadagnino



Una prueba bastante fiable de que la película Call me by your name, dirigida por Luca Guadagnino, está bien hecha es que ya le han salido detractores. Del mismo modo que muchos la adoran, otros tantos se empeñan en decir que es una patraña. El otro día, leí en algún lado: «La hora y media peor invertida de toda mi vida»; es curioso que la peli, en verdad, dure más de dos horas.
Call me by your name es la película de amor gay que el público esperaba después del éxito de La Vie d’Adèle. La comparación con la peli de Abdellatif Kechiche es arriesgada porque la de Guadagnino, en mi opinión, no le llega a la suela del zapato. Aun así, suena razonable decir que es una historia construida con mucho acierto y que tiene momentos realmente sugerentes.
Uno de los momentos de Call me by your name con los que me quedaría es ese en que el protagonista, Elio, de diecisiete años, está tendido en su cama, semidesnudo. Pensé: «Sería bastante sorprendente, puesto que nunca lo he visto en ninguna peli, que ahora se metiera la mano dentro de los calzoncillos e hiciera lo que todo hombre ha hecho —en algún momento de su vida o en muchos momentos— en su intimidad.» Y, en efecto, lo hace: se mete la mano dentro de los calzoncillos hasta que la puerta de su habitación se abre y corre a cambiar de postura. Este pequeño detalle evidenciaría que la peli de Guadagnino, como buena muestra de cine de autor, tiene su razón de ser en la mirada personal, singular, de su director. Este pequeño detalle y muchos otros, por supuesto.
¿Qué cuenta Call me by your name? Cómo un joven americano, Oliver, llega como residente a la casa de veraneo de la familia del protagonista y se acaba enamorando de este. Eso sí: terminan enamorándose después de un tiempo resultándose indiferentes aparentemente; es, ese, un enfoque sobre el amor que se agradece después de haber visto tantas historias basadas en un amor a primera vista, un flechazo. Una escena especialmente estimulante es aquella en que el protagonista sale al balcón y ve pasar al joven americano, algo lejos: Oliver aparece diminuto, como si fuese una miniatura, como si fuese una cálida personita pintada por Watteau. El protagonista se enamora de él y nosotros nos enamoramos del fotograma.
Eso sí, hay algo obvio que recorre toda la peli y que Carlos Boyero expresó con claridad: «Los protagonistas de Call me by your name son tan cool y tan guais que me caen fatal.» Puede que no haga falta ser tan contundente. Con un poco de humildad, diríamos que nunca seremos tan guais como Elio y Oliver, pero que eso tampoco es necesario para que vivamos bien.

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