lunes, 23 de abril de 2012

(Relato) En el infinito inexistente



Las calles de la Barcelona de ese ocho de marzo de 2010 amanecieron bañadas en escarcha. Yo, Claudia Rosa de Muller, desperté cuando el sol brotaba por el este.
Mis diecinueve años se asomaban a la vuelta de la esquina, y aquél día iba a empezar a trabajar en el Starbucks de la transitada y amplia ronda Sant Pere.
Salí de mi vivienda acompañada por mi boina francesa azul y una camisa roja de lunares blancos. Mi paraguas favorito me escoltaba de la suave nieve que empolvaba la ciudad. Mis botas de plástico me mantenían aferrada al suelo, estaba convencida de que si me descalzaba iba a salir volando.
Llegué lo más puntual que pude a mi nuevo empleo, dispuesta a entregarme al límite.
Hoy iba a ser mi jornada de prueba, si trabajaba correctamente, al día siguiente podría volver, si no daba lo mejor de mí… lo dudo. Había un sinfín de posibilidades de que no me cogieran para el puesto de camarera, pues estaba convencida de que muchas de las que se habían presentado al trabajo eran mejores que yo, pero más vale arriesgar que nunca intentar.
Al entrar por la puerta un niño se quedó mirándome, divertido por mi aspecto, en el que se advertía excesivo nerviosismo.
Me acerqué a una de las camareras y le pregunté amablemente;
-Perdone… vengo a por lo de la…- y antes de que pudiera terminar de decir ella respondió.
-Ah, eres Claudia, ¿no?
-Sí- dije esbozando una sonrisa.
-Ven, ven- me indicó cometiendo ademán de atracción con su pálida y fruncida mano diestra. Aparentaba unos veinticinco años aunque fácilmente debía poseer dieciocho.
Me condujo adentro, en la cocina, donde una docena de hombres cuarentones con esos gorritos blancos que siempre me han parecido adorables preparaban hamburguesas, cupcakes y bocadillos. Las máquinas de café producían un molesto pitido que me estresaba bastante.
Me enfundé el mandil verde que caracterizaba los empleados del lugar y empecé mi primera jornada de trabajo.
Creo que mi primera clienta, una amable anciana, notó mi nerviosismo, pues me preguntó varias veces si me encontraba bien, que si estaba mareada, que si a su nieta le había dado un patatús en medio del Portal de l’Ángel.
Pasaron las horas y lentamente me fui acomodando como la vista se habitúa a la luz después de una eternidad de penumbra.
A las dos del mediodía salí a la calle para tomar un poco el aire y consumir mi merecida comida. Me había preparado yo misma un bocadillo de atún en la cocina del Starbucks, bajo la atenta mirada de mi jefe, el señor Federico, que insistía con que le llamara Fede, si bien lo consideraba un apodo hortera e innecesario.
Seguí mi jornada a las tres y veinticinco después de deambular un rato por las calles céntricas custodiada por mi fiel paraguas y con un pesado abrigo, que me había prestado una compañera de trabajo, ya que yo no había traído.
La nieve matinal que rociaba la ciudad desde buenas horas de la mañana se había metamorfoseado y pasado a ser escarcha que se desplomaba débilmente.
La tarde prosiguió sin incidente alguno. A las ocho y siete los clientes desaparecieron y la puerta se cerró. Fue entonces cuando Federico me anunció gratamente que el empleo era todo mío.
Llegué a mi morada cuando el minutero de mi reloj marcaba las nueve y cinco, faltaban solo diez minutos para que empezara mi serie favorita en la televisión y todavía ni había cenado.
Cené una ligera ensalada mojada con tomates frescos y una pequeña porción de pollo al limón que había cenado la noche anterior, proveniente de la tienda de precocinados enfrente de mi piso. Saqué minuciosamente los pedacitos de ajo que se hallaban en mi segundo plato, y lo disfruté como nunca después de un día cansino y productivo.
Tras terminar me tendí sobre el sofá, deseando saber cómo continuaba la historia de Patricia y Paolo, los protagonistas del ‘culebrón’ que me enloquecía.
Al terminar apagué el televisor con el mando. Miré el reloj de pared. Las doce y media.
Estaba tan molida que no sabía si sería capaz de llegar hasta mi cuarto, así que decidí acurrucarme bien a mi cojín y dormir allí.
No tardé en conciliar el sueño, lo que no sabía es que este nunca terminaría.
Abrí los ojos y percibí mi entorno blanco, completamente blanco.
Giré la cabeza y también era blanco.
Miré mi cuerpo y me descubrí levitando sobre una superficie blanca, en posición fetal.
Alcé la cabeza y vi más blanco.
-¿Qué es esto?- me pregunté para mis adentros.
Mi extensa mata de pelo rojizo rizado levitaba al igual que mi cuerpo.
Advertí en que me encontraba despojada de toda ropa. Me asusté aún más de lo que ya estaba.
Intenté moverme, pero al intentarlo no pude. Estaba adherida a mi misma.
Intenté llorar, pero al intentarlo no pude. Las lágrimas no brotaban de mis ojos.
Intenté gritar, pero no pude. La voz no se desprendía de mi laringe.
Intenté horrorizarme, pero tampoco pude. Estaba descomunalmente aterrorizada.
Fue entonces cuando tomé conciencia de lo que pasaba. Había dejado de existir.
Ya no existía.
[Con este relato, gané por segunda vez el Certamen Literari Josep Maria Pellicer, organizado por mi primer colegio, Maristes Valldemia. Gané el segundo premio, mientras que el primero lo ganó Sharon, una chica que no conocía en absoluto en aquel lejano dos mil once y que, con el tiempo, pasaría a considerar una de mis amigas más dulces. Si bien tanto este texto como «El joc dels déus» son ejercicios escolares sin la menor calidad literaria, me parecen —sobre todo este— un indicio de las imágenes, personajes, estilo, etcétera, que irían volviéndose frecuentes en mi obra.]

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