lunes, 22 de enero de 2018

(Microcuento) David y Goliat



Era tu discoteca favorita de la ciudad. Habías esperado durante toda la semana que llegase el sábado. Ahora bebías, mirabas. Habrías bailado, pero todavía era demasiado pronto. Al cabo de una hora, la pista ya estaba abarrotada. Te agarraste a una barra y te dijiste que no te moverías de allí en toda la noche, que ese era tu pequeño jardín.
«A mí me gustan mayores, de esos que llaman señores», cantabas, con los ojos un poco cerrados. Las luces de colores amarillo, azul y rosa te caían sobre la cara. Él te vio desde la otra punta de la sala. Dudó durante un rato. Se bebió dos chupitos seguidos y, lleno de coraje, se apartó de su grupo de amigos. Se puso delante de ti y no fue hasta entonces que lo viste.
Te hablaba cerca de la oreja, pero tú no entendías una sola palabra. En cierto momento, se quedó callado, sonriéndote, y, como si no tuviera ninguna duda de que eso es lo que querías, te besó. Un, dos, tres, cuatro, cinco segundos. Diecinueve, veinte. Los besos suelen ser lentísimos, aunque nadie lo diga. Además, su barba pinchaba. No había forma de que no pinchase. Era como una rosa: la cogieras por donde la cogieras, acababas pinchándote.
Fuisteis a la terraza a fumar. Allí había menos ruido. Entendiste que estaba haciendo su doctorado y que le sorprendía lo que estudiabas. Te hizo una pregunta de este rollo: «¿Y de qué piensas trabajar habiendo hecho esa carrera?», pero rápidamente te diste cuenta de que no buscaba tu respuesta, sino, simplemente, constatar que tu carrera no tenía salidas laborales.
Te llevó al baño y, mientras el vigilante dirigía su mirada a otro lado, te metió en una cabina. Se pegó a tu cuerpo y apenas te dejaba respirar. Cogió tu mano y la condujo hasta su paquete. Él lo hacía todo. Empezó a desabrocharse el cinturón a la vez que desabrochaba el tuyo, pero hacerlo todo a la vez era impracticable: «Desabróchatelo tú mismo», acabó diciéndote.
Solo se bajó los pantalones un palmo: era suficiente. Puso las manos sobre tus hombros e hizo que fueras descendiendo, que te fueras arrodillando hasta quedar acarado a su pene. Era horroroso. Tenía unas gotas brillantes sobre el prepucio. Delante de ti había los genitales de un completo desconocido y no sabías qué hacer con ellos. Era como si un tío del metro, un tío en el que no hubieras reparado bajo ninguna circunstancia, te hubiera cogido y te hubiera transportado a su más estrecha intimidad. Y, sin embargo, tu consentimiento estaba allí, delante de tus ojos, riéndose a carcajadas. Tu consentimiento blando, gordo, sin vida. «¿Aún me gustan mayores?», te dijiste.
Se la mamaste rápidamente y luego te la mamó como para compensar; preferiste imaginar que quien te lo estaba haciendo era alguien distinto, alguien que ya conocías. Luego, hizo que te dieras la vuelta y te la metió por el culo dos veces. Antes de que llegase la tercera, le pediste que parase. «Es que este sitio es muy incómodo», te disculpaste.
Pareció reflexionar. Volvisteis a las mamadas. Mientras se la chupabas, no podías parar de pensar que ese miembro había estado dentro de tu jodido culo. Era muy desagradable ver las cosas desde este ángulo, pero era el ángulo más evidente. Finalmente, acabasteis con unas pajas y os disteis prisa por salir, porque alguien estaba aporreando la puerta. «¡Date prisa, joder! ¡Que queremos entrar!», se oyó desde fuera. Os despedisteis a la salida de la discoteca, después de daros vuestros números de teléfono. No recibiste ningún mensaje hasta al cabo de dos semanas, cuando te envió uno para preguntarte si querías quedar.
«PAUL VERLAINE» (1891), POR EUGÈNE CARRIÈRE

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