sábado, 6 de enero de 2018

(Diario de adolescencia) 6 de enero de 2018



Día de Reyes. Vermut en casa de mis abuelos maternos y almuerzo en la de mis abuelos paternos. Muchos familiares. No digo nada. En un momento, me preguntan qué me ha pasado en la cara porque parece que tenga un eccema y ya no me dirigen la palabra de nuevo. El día empieza siendo caluroso, pero, a medida que avanza, aparecen unas nubes grises en el cielo y todo cambia. Al comienzo de la tarde, a eso de las cuatro, la temperatura ha bajado y, aunque el hogar del piso está encendido, me siento tan hostil como el tiempo exterior. ¿Por qué no tengo espíritu navideño? ¿Ni familiar? ¿Ni soy locuaz? ¿Ni amable? ¿Ni tengo trabajo? En ocasiones, me echaría a llorar, pero, entonces, la gente que tengo a mi alrededor aún tendría más cosas que recriminarme. Mi situación es muy cómoda y sencilla —socialmente, económicamente, etc.— pero no por ello mi cabeza deja de ser un nido de inseguridades y preocupaciones que no me permiten respirar y comportarme como alguien mínimamente agradable.
No quiero haber escrito una novela: quiero estar escribiendo una novela. Quiero levantarme cada mañana con la intención de escribir un par de páginas y acostarme pensando en la historia a la que daré continuación el día siguiente. Un proyecto como el de una novela ordena la vida —al menos si se lleva a cabo con cierta constancia, perseverancia, inquietud…
Una novela es como una casa, la casa del pensamiento. Una novela es mi verdadero hogar. No quisiera sonar escapista, puesto que nunca he tenido la voluntad de huir de la realidad, pero una novela supone unos personajes, unos lugares, unos tiempos, unos hechos, etcétera, en los que puedo sumergirme y olvidar, por unos momentos, que en verdad todo es contingente y que importa poco tanto si escribo como si no lo hago.

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