jueves, 4 de enero de 2018

(Diario de adolescencia) 4 de enero de 2018



De niño, cuando, en el colegio, me daban las notas, había un comentario que se solía repetir: «Progresa adecuadamente.» Era la típica observación para los alumnos que, sin sacar puntuaciones excelentes ni tampoco mediocres, se mantenían en la gruesa línea del promedio: el seis o el siete. Era un comentario tranquilizador, largamente ansiado; aseguraba a mis padres que podían dejar de preocuparse por mi futuro porque, por poco que fuera, algo conseguiría, puesto que era como los demás y sacaba las mismas notas que los demás.
Al comprender que, en verdad, el ser humano no progresa constantemente, nuestra visión de quienes hay a nuestro alrededor cambia. Quienes tienen veinte años están en la flor de la vida, pero ya no encuentran en sí la ilusión e inocencia de otros tiempos. Quienes tienen treinta están en su madurez profesional —o ya se acercan a esta— pero tienen la preocupación central de llegar a fin de mes. Quienes tienen cuarenta ya no se preocupan por el dinero, pero empiezan a advertir que los chicos ya no se fijan en ellos y que no gozan de las mismas facultades que ante. Puede que quienes tengan sesenta o setenta años reciban homenajes y reconocimientos por sus largas trayectorias, pero ya no pueden apreciar unos aplausos que les habrían sonado a sinfonías si los hubieran escuchado a los veinte o a los treinta, cuando se empeñaban inútilmente en que los demás les escucharan.
¿Me dicen que el ser humano progresa? El ser humano tiene razones para mantener la esperanza, puesto que el futuro es incierto, pero no está tan fundado que crea que siempre progresa. No, no siempre progresa. De hecho, en nombre del progreso, se han cometido aberraciones. En verdad, es un alivio que el hombre no progrese: así, en lugar de proyectarse hacia el futuro, cuenta con más tiempo para dar las gracias por lo que ya tiene en sus manos.

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