domingo, 31 de diciembre de 2017

(Diario de adolescencia) 31 de diciembre de 2017



Son las nueve y media. En cualquier momento, mamá me llamará. Cena de Nochevieja. ¿Qué esperar del año nuevo? ¿Qué esperar, aferrándonos a algo más tangible, de esta noche? Comeré con mis padres, en el salón de casa, en el más sereno de los silencios —el mismo que en la comida de cada día. Mamá ha preparado un menú especial, así que terminaré, quizá, reventando. ¿Hace tres años que dejamos de celebrar esta noche con toda la familia? ¿Cuatro? No lo sé. En cualquier caso, a la una, después de haber comido las uvas, saldré de fiesta con Paula, Maria y una amiga de la última. Bonita forma de empezar el año: bebiendo, bailando y fumando. En un principio, me había negado a ir, pero, después, pensé que esta noche se volvería demasiado vacía si la pasaba solamente en mi casa.
Hay algo que no sé si debería inquietarme o tranquilizarme: desde hace un tiempo, todo es suavemente previsible. Puedo saber con bastante certeza qué pasará esta noche: cenaré algo aburrido, aunque disfrutando de canapés de distintos sabores y de una carne rellena deliciosa; empezaré a comer las uvas pero, cuando vaya por la séptima o la octava, me rendiré al sentirme ridículo; saldré a la calle asqueado, deseando meterme en la cama, y con el frío de la madrugada; bailaré con mis amigas confundiéndome con la gente que nos rodeará, con el decorado de la discoteca; toda la discoteca formará una sola unidad, una sola piñata que han hecho estallar y que, con el paso de las horas, se irá deshaciendo en el suelo.
¿Puede que no sea una noche tan previsible como imagino? También puede ser: la noche del veinticinco creía que sería bastante ligera y, al final, me dejó todo el día siguiente encamado y con agujetas.
¿Debería pedir cambios al año que empieza? 2017 no ha sido un año perfecto y, si no me aplico un poco de disciplina, es posible que 2018 también diste mucho de algo que me satisfaga. No sé. Tampoco creo que la disciplina solucione nada. Hasta hace un tiempo, creía que, si aprendía a controlar mis vicios y a ser severo conmigo mismo, lo conseguiría todo. Eso es una grave falsedad. Las cosas no funcionan así. La suerte es un elemento indispensable para tener éxito. «Cambiar todo para que nada cambie»: en eso consiste la voluntad de mejorar la vida que uno mismo lleva.
Puede que lo mejor fuera aceptar que las cosas son como son y empezar a construir a partir de lo que ya está entre nuestras manos. Sin embargo, hay lastres que me pesan demasiado en la espalda. Lastres como este diario. Va siendo hora de ponerle el punto final; es un fruto que ha madurado y que refleja la transición que quiero que refleje. Puede que no haya terminado mi adolescencia, pero sí que este diario esté adquiriendo su entereza, su forma completa. A finales de enero, cuando viaje a Madrid con Abril, cerraré este baúl de palabras vanas e inseguras.

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