miércoles, 3 de enero de 2018

(Diario de adolescencia) 3 de enero de 2018



Día de viento. Es curioso y hermoso que el sustantivo mente y el sufijo -mente (que sirve para indicar la manera en que se hace algo; por ejemplo, libremente significaría ‘de manera libre’) tengan la misma raíz en el indoeuropeo: *men-, que quiere decir ‘pensar’. ¿La mente tiene más que ver con la manera con que observamos las cosas? Es posible. Y también es posible que pensar sea una actividad que no dependa únicamente de la realidad. Seguramente, más que describir lo que nos rodea, lo que hacemos cuando pensamos es articular la manera en que vemos dicha realidad. (Soy un realista, pese a todo. Pese a que la tentación del idealismo sea grande.) El lenguaje, herramienta del pensamiento, es, a la vez que limitado, liberador y esperanzador.
La noche del primero al dos de enero, tuve un sueño que me dejó pensativo todo el día de ayer: en él, estaba bajando por unas escaleras mecánicas cuando, de repente, perdía el control de mi cuerpo y me caía de bruces sobre los peldaños; la gente que había a mi alrededor me ayudaba a incorporarme, pero no podía moverme por mi propia voluntad. Después, llevándome a cuestas, me tendían en un sofá y me preguntaban que cómo me encontraba. No sé si me dejaba más perplejo la amabilidad de esos desconocidos o que mis brazos y piernas hubieran dejado de reaccionar a las órdenes que les daba.
En el fondo, hay razones para creer en la amabilidad de la gente. Sigue habiendo quien ayuda a las madres a bajar el cochecito de su bebé del autobús, quien da un cigarrillo al vagabundo que pide dinero en Ronda Universitat, quien me avisa d que la cartera se me ha caído del bolsillo… No me convencerán de que a los desconocidos les falta tanta empatía y son tan toscos y obtusos como los miembros del Gobierno central. Por la calle, veo bondad, y eso me es suficiente para no perder la esperanza en quienes me rodean y en mí mismo. Sí, dentro del hombre hay una lucha de contrarios: el odio trata de imponerse sobre el amor. ¿Obviaremos que en el mundo, aparte de placer, también hay displacer? Esa no es la cuestión. La cuestión es no dejar que ninguno de esos dos opuestos domine. ¿Cómo? Sí, esa es la pregunta: el cómo. El cómo es el recorrido.
Esta tarde, volviendo a casa, me he dado cuenta de que debía estar agradecido por tener un lugar como el Camí de la Geganta en mi vida. Paso por esa calle una media de dos veces al día. Es una avenida amplísima con una alameda de plátanos y un parque al lado —el parque en el que crecí. Este sitio, como todos los sitios grandes urbanos, me transmite una grandísima tristeza. Al mismo tiempo, hay una belleza impagable en sus plátanos: el viento sopla sobre sus ramas y las hojas parecen querer echarse a volar de un momento a otro. Los atardeceres rosa de invierno son preciosos; uno querría ser pintor. Mi mayor suerte es que tengo el gimnasio en esa calle, así que no me faltan motivos para seguir pasando por ella a diario.

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