(Diario de adolescencia) 29 de diciembre de 2017



Día lluvioso. En algún momento debería empezar a estudiar para los exámenes de enero. A eso de las diez, llevo unos ejemplares de Feo y descalzo a Correos; hace más de tres años que escribí esa novela y, si tuviera que reescribirla, lo haría de un modo muy parecido. Anotar cosas en este diario me da una satisfacción instantánea, aunque la satisfacción que me trae la escritura de una novela la duplica o triplica.
Me he decidido a escribir sin recurrir apenas a la imaginación. El material que me invita a ser más apasionado es el que extraigo de la realidad. Sin embargo, ¿qué va a pensar la gente? Siempre la misma pregunta, siempre la misma dependencia de la mirada de los demás. Querría apreciar el reconocimiento de los otros sin depender de él.
La censura, actualmente y en este país, es muy reducida. A lo sumo, nos la encontramos si colgamos algún desnudo en la red. Esa pequeña prueba ya nos confirmaría que sigue existiendo una moral que planea por encima de todos nosotros, por más amoral que creamos nuestra época. Sin embargo, más allá de la censura, hay el escándalo. Hablar sobre la vida privada sigue provocando escándalos. Me gustaría escribir sobre la vida privada, pero mi propia inseguridad me retiene. Es una inseguridad algo irracional, puesto que no hay muchas cosas de las que temer: ¿qué va a hacerme alguien si hablo sobre su vida sin nombrarlo? Desconozco las consecuencias legales de algo por el estilo, pero la literatura es lo suficientemente maleable como para que, con ella, pueda sugerir sin difamar ni explicitar.
Querría tener entre manos una novela. Sí, lo querría. Hay una idea que me da vueltas por la cabeza desde abril o mayo. En verano, intenté materializarla unas tres veces: no hubo manera; me quedé en las primeras páginas. Hace unos días, lo volví a intentar: el comienzo que escribí tampoco me convenció. Tengo una idea, pero tengo miedo de afrontarla. Seguramente, si escribiera sobre algo que me fuera más ajeno, los párrafos correrían con fluidez, como agua saliendo de una fuente; no obstante, no quiero algo más ajeno; quiero la intimidad que propicia juntar la vida con el arte. El material de la vida, el resultado del arte. Quizá sea una combinación peligrosa, puesto que muchos creadores han hablado sobre la necesidad de una distancia, pero creo que ya vivo con el suficiente distanciamiento de mí mismo como para no tener que seguir apartándome. (Todo esto debe sonar muy oscuro. Será mejor que deje el diario.)

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