sábado, 27 de enero de 2018

(Diario de adolescencia) 27 de enero de 2018



Dormimos unas ocho horas. Ayer, Abril acabó con la sensación de que las personas que trabajan en servicios en Madrid (teatros, restaurantes) son amabilísimas. Pese a ser una afirmación peligrosa, extendería su idea a todos los madrileños. Puede sonar parcial, pero mi primera impresión de la gente de esta ciudad en su hábitat natural es que lo que prima es la civilización —por oposición al descontrol y la bohemia de Barcelona— y la pronunciación más exacta de la lengua.
Por la mañana, vemos una exposición sobre Norman Foster en Fundación Teléfonica. Desayunamos en Rodilla, en Gran Vía. Vamos a la azotea del Círculo de Bellas Artes. Almorzamos en un Ginos. A continuación, tomamos un café en la vermutería Gran Clavel; la luz es limpísima y los clientes sonrien y charlan alegremente.
Llevo dos o tres días sin leer dos páginas seguidas. Aún es más grave que lleve meses sin leer un libro de una sentada o enamorarme con las palabras de algún autor. Estoy ciertamente asqueado. Madrid es una ciudad encantadora, seria, educada, comedida y brillante; no estoy a su altura como visitante. Ojalá pueda vivir aquí dentro de un tiempo; su tranquilidad, el aspecto tan razonable de su gente, me serían beneficiosos.
Pasamos poco rato en el Museo Sorolla. Pocas salas, todas las obras muy concentradas. Obras con pinceladas que son pastosas donde deberían serlo —no hay ninguna que parezca hecha con pasta de dientes, y eso no se puede decir de la producción de todos los pintores— y líquidas donde así quedan bien. Los retratos masculinos me absorben: fineza, rasgos delicados, una cierta altivez. Los jardines que rodean la casa donde se aloja el museo son idílicos, con un punto fantasmagórico.
Nos dirigimos a otro museo, que encontramos cerrado. Paseamos por La Castellana. Llegamos al Museo Reina Sofía y ojeamos lo que hay en algunas de sus salas. Alrededor del claustro, encuentro unos bustos de duendes que me parecen entrañables. También hay una escultura de Juan Muñoz que representa un hombre de rostro sereno, quizá incluso estoico; aunque los visitantes la rodean, se me antoja muy sola.
Salimos del museo cuando ya ha anochecido. Volvemos a nuestro hotel, Petit Palace Chueca. Nos duchamos (chorro zenital, agresivo, caliente aunque sin quemar), nos aseamos y nos preparamos para salir. La verdad es que no me apetece demasiado ir de fiesta, pero no sé cómo decírselo a Abril, a quien no le gusta ir de fiesta por norma general.
Cenamos en un Udon con un amigo de Abril que vive aquí, Pedro. Pido tres copas de vino. Al acabar, un café con leche. Unos chupitos de sake: es la primera vez que bebo este licor y es tan ligero que lo siento casi inocente, casi amable, a diferencia del vodka, ron, etcétera. Vamos de fiesta por Teatro Kapital; el ambiente no nos convence, puesto que vemos mucha gente que viste igual, y a eso de las tres o cuatro de la madrugada regresamos al hotel.

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