(Diario de adolescencia) 27 de diciembre de 2017



No sé cómo sentirme respecto de la noche del veinticinco al veintiséis. Me pasé el día de ayer en la cama, indispuesto. Me he levantado hoy a las seis de la mañana, rejuvenecido, habiendo olvidado casi por completo lo que viví esa noche. Hasta hace unas horas, solo recordaba lo siguiente: dentro de la discoteca, me había encontrado el primer chico del que me enamoré delirantemente; en realidad, Paula y Maria, las chicas con las que salí, insisten en que no me topé con ningún chico, así que eso lo debí soñar al llegar a casa.
Emborracharse es peligroso, aunque, asimismo, es la experiencia por excelencia que nos permite ser invadidos por otro, salir de nuestro cuerpo porque un extraño lo ha ocupado. O tú o yo. Si hay algo que me encantaría, eso es olvidar los límites entre lo que soy y el mundo exterior. Emborracharse es contrario a la razón, a la cultura, a la buena educación. Emborracharse es enfermar, pero también es sacudir el manojo de represiones que llevamos dentro.
A media mañana, visito a mi abuela. Alguien le ha contado que no pude ir a la comida familiar de ayer porque tenía una resaca descomunal. «Tienes que probar las bebidas y decidir cuáles te gustan y cuáles no. A mí también me encantaba salir a bailar cuando era joven.» Es tan comprensiva que moriría entre sus brazos con una sonrisa de lado a lado.

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