martes, 23 de enero de 2018

(Diario de adolescencia) 23 de enero de 2018



Vuelvo a leer a Proust: En busca del tiempo perdido, 5. La prisionera. Ya he pasado el ecuador de esta novela descomunal. He tardado dos o tres años en leer los cinco primeros volúmenes. En algún lado, oí: «La gran obra de Proust se puede leer en medio año.» Bueno. Soy un lector lentísimo y he ido haciendo pausas en la lectura. Pla consideraba que es mejor leer lentamente que leer mucho, aunque de joven había leído como si no hubiera mañana. Nunca he pasado por esa experiencia, por la experiencia de leer sin parar, como si los libros fuesen algo adictivo. Sí, nunca he sentido que los libros fuesen como drogas; precisamente he sido incapaz de sentirlo porque lo que ha predominado en mí es la idea de que los libros son algo edificante, algo que mejora la vida. El tiempo se tiene que invertir en alguna cosa y, claramente, es mejor invertirlo en algo tan lineal como la lectura que en destrozar las vidas de otras personas o destrozarse la propia. Lo que tiene de tan positivo la linealidad de la lectura es que te permite reseguir rectas, sin ningún mayor problema; ante un mundo que nos exige que reaccionemos a escenas caóticas e insoportables, una actividad tan simple es alentadora.
Por la tarde, voy a la peluquería. Como que esta vez he ido con papá, no puedo conversar con Raquel con naturalidad. Creo que ella lo nota. Me hace el corte de siempre. ¿Por qué siempre le pido el mismo corte? ¿Qué tiene este tupé que llevo que me tiene obsesionado? Me recuerda las pelucas dieciochescas, los cardados de los años sesenta y setenta. Tengo tendencia a la sencillez, pero los cortes monumentales siempre me han atraído. Para mantener mi tupé, debo arreglármelo con laca cada mañana. Ciertos días, me levanto de la cama con el cabello aplastado. El cabello es un asunto importantísimo: es de las pocas partes de nuestro cuerpo sobre las que podemos decidir sin gastarnos mucho dinero ni cambiar radicalmente nuestro estilo de vida. El cabello es maleable y, por tanto, tiene que ver con la forma con que queremos mostrarnos ante los demás; lo dice Siri Hustvedt en uno de sus libros y también lo decía mi profesora de Literatura Catalana de segundo de bachillerato, Ruth.

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