jueves, 18 de enero de 2018

(Diario de adolescencia) 18 de enero de 2018



Ayer terminé los exámenes. Fue un momento delicioso, explosivo. Me sentí Dios. Salí de la facultad y me fui a comprar de rebajas. Subí hasta el Massimo Dutti de Passeig de Gràcia, ubicado donde antes había la mítica —para los de mi generación, poco mítica, puesto que no tuvimos mucho tiempo de conocerla— Vinçon y donde, aún más años atrás, había vivido Ramón Casas. Empecé a pasear por las salas hasta que un dependiente me preguntó: «Perdone, ¿le puedo ayudar en algo?» Me quedé paralizado durante dos segundos. A continuación, respondí, con una dicción tan perfecta que creo que incluso sonó redicha: «No, solo estaba mirando.» A veces, adoro ese tipo de automatismos. Empecé a ponerme un poco nervioso porque el dependiente insistió: «¿Pero buscaba algo en concreto?» Aunque estaba siendo muy cortés, era alto y guapo y me asustó. A duras penas encontré el suficiente aire en los pulmones para replicarle: «Bueno, ¿hay alguna sección en concreto donde haya la ropa de las segundas rebajas?» Me la indicó con el dedo y me dejó en paz. Salí de la tienda, escopeteado, al cabo de medio minuto.
Un rato más tarde, me encontraba en la puerta del Ateneu Barcelonès. Ya hace algo más de tres años que hice un curso para jóvenes escritores en esta institución. El edificio es encantador y los interiores me transmiten bienestar. Contrariamente a lo que algunas personas piensan, no solo hay gente mayor, aunque el olor de vejez es muy intenso y recorre todas las salas. Ahora, me he apuntado a un curso sobre Jonathan Swift, Daniel Defoe y Laurence Sterne; fui a la primera clase. Es un placer volver a ser socio del Ateneu: si encuentras un lugar en el que te sientes respetado y en el que crees que puedes actuar sabiamente, quédate en él. No hay tantos lugares en el mundo que nos permitan olvidarnos de que vivimos un poco —o muy— desamparados.
El silencio de las escaleras. Los cuadros de las paredes. Un joven con un abrigo negro que se vuelve de espaldas cuando paso por su lado. El busto de Narcís Oller. Las vistas indiscretas hacia patios interiores de algunas ventanas. Los salones con sofás. Los socios que andan con desenvoltura porque se sienten como en casa. Quisiera quedarme a vivir en el Ateneu.
Esta mañana, subo al piso de mis abuelos a hacerles una visita. Entro en el salón. Mi abuelo me saluda y, al cabo de un rato, oigo que trastea en la cocina. Empieza a hablar con mi abuela. «La gente aún se cree que votando se consigue algo: ¡es tan estúpida, la gente!» Noto, en su voz, un desencanto profundo, algo rabioso. A lo largo de mi vida, solo he notado el desencanto de mi abuelo de lejos; en mi presencia, siempre se ha esforzado por parecer alegre y amable. Creo que el motivo de eso es que soy su nieto menor: se acostumbró a hablarme con tanta dulzura cuando era un niño que ahora no me podría dar un trato distinto. Cuando sale de la cocina y se da cuenta de que sigo en el salón, se sorprende: «¡Creía que te habías ido!» Así que deduzco que ese tono de voz algo sombrío que le he oído cuando estaba en la cocina es algo que yo no debía conocer, algo que intenta esconder cuando yo estoy delante de él. Conocer totalmente a una persona es imposible, impracticable. Creer que llegamos a saberlo todo sobre alguien es solo una ilusión.

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