domingo, 14 de enero de 2018

(Diario de adolescencia) 14 de enero de 2018



Estudio con mucha dispersión. Tengo tiempo para pensar en algún recuerdo que, de un momento a otro, se me ha venido a la cabeza: a los doce o trece años, me compré una camiseta blanca en Zara en que, en letras negras, ponía: «Dress to distress»; en clase, un profesor me preguntó si sabía qué quería decir eso, pero creo que, más que para hacerse el gracioso, lo dijo porque se había dado cuenta de la forma de mis lorzas debajo de la prenda. Siempre me quedó la duda. En esos tiempos, vestía de una forma horrible. A cierta edad, casi todos los niños tienen cuerpos con forma de tomate.
Subo al segundo piso a visitar a mis abuelos. Me hablan de mi bisabuela, Pepeta: al parecer, era una mujer muy avispada; criaba pollos para venderlos y, un invierno que los pollos enfermaron, los mató antes de que se muriesen; comerció con ellos sin ningún reparo. «Era una dona de molta empenta», me comenta mi abuelo, sin atisbo de emoción, como si hablase de alguien que no fuese su propia madre.
¿Qué tipo de tiempo busco en la literatura? Si, en el mundo del cine, se dice que una página de guion equivale a un minuto de película, yo busco todo lo contrario. Quiero que una página no equivalga a un minuto. Un minuto pueden ser diez páginas o cien. Incluso puede ser un libro entero, aunque eso representa un proyecto muy ambicioso. Del mismo modo, diez años pueden concentraste en una sola frase.

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