sábado, 13 de enero de 2018

(Diario de adolescencia) 13 de enero de 2018



Sábado. El piso está a oscuras. Aún son las cinco de la tarde, pero el cielo se ha nublado y ya no queda luz para ordenar estas paredes, estos muebles. Enciendo el flexo de mi escritorio. Estudio. Estoy de exámenes finales. Por eso no escribo. Por eso y porque no tengo nada que decir. Nada que decir. Sí, nada que decir, puesto que no pienso, no imagino, no hago nada. Ni pienso en el futuro, ni fantaseo. No hago nada. Alguien de temperamento muy fogoso y ambicioso diría que soy una persona anulada, ¿pero anulada por quién? ¿O por qué? En realidad, no estoy anulado. No, no estoy anulado. Pero lo que parece más natural en mí es una forma desapasionada de vivir que muchos románticos considerarían lo más similar a la muerte que hay en el mundo.
En fin. Pienso en la carrera de Filosofía, que definitivamente he dejado. La he dejado como he dejado tantas otras cosas desde que empecé la universidad: la autoescuela, las clases de latín… Desde que cumplí dieciocho años, no parece que a nadie le importe demasiado las cosas que voy abandonando. Pienso en la carrera de Filosofía. De este semestre que he pasado estudiando algunas asignaturas de Filosofía, me quedan buenos recuerdos: la esquina del baño de chicas al que los alumnos iban a fumar porque les daba pereza salir al exterior, el chico que vestía elegantemente de clase de Historia de la Cultura, el paisaje barcelonés desde las ventanas de la facultad. Un día, le pregunté a una profesora experta en Hannah Arendt por la relación de esta filósofa con Simone de Beauvoir: «Hannah Arendt es una pesada.», me dije; no supe qué contestarle.

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