lunes, 29 de enero de 2018

(Diario) 29 de enero de 2018



No he aguantado ni un solo día sin escribir en un diario. Ayer, di por acabado mi Diario de adolescencia. ¿Eso significa que mi adolescencia ya ha terminado? No. Las etapas de la vida no se excluyen. No son como períodos históricos a los que se puede encontrar una fecha de comienzo y una de final. Las etapas como la infancia, la adolescencia, la madurez o la vejez consisten en conjuntos de características por las que las hemos aprendido a reconocer. Por ejemplo, asociamos la adolescencia a las primeras borracheras, al no saber qué hacer con la vida que uno tiene y a escarceos amorosos. En realidad, hay características de la adolescencia que pueden pervivir a lo largo de toda una vida o aparecer en el momento menos esperado. Hay características de la adolescencia que pueden presentarse en la vejez, características de la madurez que pueden presentarse en la infancia, etcétera. Así pues, no he dejado de ser un adolescente, aunque no por ello me falte nada para considerarme un adulto.
Esta tarde, he ido a que mi abuela me cosiera los botones de un abrigo. Mientras lo hacía, me he sentado a su lado y le he hablado de mi viaje a Madrid. Le he hablado de las exposiciones, de las calles, de la gente. Le he dicho que quisiera vivir allí algún día. Lo que no le he dicho es que, durante este viaje, he descubierto que a Abril, una de mis mejores amigas y la persona que me ha acompañado, a veces, le pone nerviosa que sea tan tímido y que no me atreva a decir ciertas cosas por miedo a que los demás reaccionen negativamente. Considera que me complico demasiado. Es una de las más firmes defensoras de la comunicación que he conocido. También yo considero la comunicación es fundamental —si no fuera así, ¿de qué me serviría escribir?— y que el ser humano es eminentemente social, pero siempre he tendido a los extremos: o callo o hablo demasiado; o presto atención a mis amistades o me olvido de todo el mundo; o me enamoro o considero que el ser humano me aburre.
Más tarde, he tomado una copa de vino con Laura en El Pati Guanyabens. Hacía mucho que no la veía. La he encontrado radiante, dentro de las circunstancias —¿y cuáles son las circunstancias? Que estudia un grado medio sin pasión alguna y que vive esperando el fin de semana para salir de fiesta, aunque yo no soy quién para juzgar su vida. Se ha sacado el carné de conducir, así que las cosas no le deben ir tan mal. Eso sí: al parecer, en una de sus últimas borracheras, acabó ingresada en el hospital; dice que «comieron el tarro a mi madre para que no me echara la bronca y solo me preguntó si sabía lo que había hecho y que eso estaba mal y tal.» Su presencia siempre me ha resultado infinitamente agradable.
El Pati de Guanyabens está lleno; la gente habla en voz muy alta, demasiado; nosotros también. Laura me habla de su próximo viaje a París, de un chico con el que está liada. Yo le hablo de mi reciente viaje a Madrid y poco más. Decidimos que, si el sábado que viene está libre, saldremos de fiesta por Barcelona; justo cuando vuelvo a casa, me arrepiento de haberle hecho esta oferta, puesto que hay pocas cosas que me apetezcan menos que salir de fiesta. Cuando la vida se vuelve de un desencanto brutal, una completa desilusión, salir de fiesta se convierte en una meta que va repitiéndose, que nunca acaba; pasa a convertirse en la única euforia posible, un clímax momentáneo.
Foto tomada el 29 de enero de 2018

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