miércoles, 24 de enero de 2018

(Artículo) Un peluquero, un presidente y lo unheimlich



Freud dio forma a una cantidad ingente de conceptos, pero hay uno que me llama la atención en particular: unheimlich. En ocasiones, este concepto se ha traducido al castellano como «lo siniestro» o «lo extraño inquietante». ¿Cómo definirlo? Podríamos decir que lo unheimlich es aquello que nos resulta familiar hasta que pasa a presentar un rostro que nos extraña. Es lo familiar y, a la vez, desconocido. Un ejemplo: sueñas que estás conversando con tu madre y, de repente, su rostro se transforma en el rostro de alguien a quien no reconoces; sabes que es tu madre, pero el hecho de ya no reconocerla te lleva a experimentar el terror de lo que resulta familiar y, a la vez, no lo es. Este es un concepto lo suficientemente abierto como para se le hayan dado muchas vueltas y haya hecho correr ríos de tinta.
Ayer, el vídeo de un peluquero de Copenhague se convirtió en viral después de que los grandes periódicos del país lo difundieran. ¿Qué se veía en dicho vídeo? Al peluquero acercándose a Carles Puigdemont e instándole a besar una bandera de España. La identidad del peluquero es irrelevante —y aún más si tenemos en cuenta que hizo lo imposible para que su hazaña fuera difundida: en fin, la pequeñez del ser humano. El hecho en sí también es bastante insignificante y no supera la categoría de anécdota, aunque, más que ver las anécdotas como algo excepcional y desarraigado de la realidad, me gusta interpretarlas plenamente conectadas con nuestro mundo: a través de lo anecdótico, comprobamos qué es lo categórico, lo importante.
El vídeo del peluquero no me habría llevado a escribir este artículo si, en él, no hiciera nada más que animar al político a besar la bandera. Lo que me dejó horrorizado la primera vez que lo vi es que, aunque su duración no supera el minuto, ese tiempo es suficiente para que en el comportamiento del peluquero se opere una transformación radical. En un primer momento, vemos al peluquero tal como estamos acostumbrados a ver a la gente que se muestra en las redes sociales: simpático, abierto y con un tono de voz seguro. Cumple con lo que la sociedad espera de cada uno de nosotros: ser un modelo de extraversión. (Cabe decir que hay una versión del vídeo en que, antes de hablar con Puigdemont, se ve a este chico diciendo una grosería sobre él, pero en la versión difundida por periódicos como La Vanguardia y en los telenoticias, que seguramente es la que ha visto la mayor parte de la población, este momento aparece recortado.)
«Aquí tengo la bandera de España, Puigdemont, que sé que te gusta.» «¡Un besito! ¡Un besito, por favor!» Aunque en el tono en que el peluquero pronuncia estos comentarios ya hay algo que empieza a inquietarnos, podríamos escucharlos sin inmutarnos, sin que nos despertasen la más mínima sospecha. Ante la interpelación del peluquero, Puigdemont besa la bandera dos veces. Antes de irse, el peluquero espeta: «Cuando regreses a España, la cárcel te espera.» El vídeo termina y quien lo ha visto queda, cuanto menos, sorprendido. A alguien sensible incluso le podría haber dado un vuelco el corazón.
¿Qué le ha pasado a ese chico? ¿Por qué ha pasado de desprender luz a ser alguien capaz de desear o, cuanto menos, prever la cárcel para alguien que está en el centro de una de las mayores injusticias occidentales de nuestros tiempos? Lo unheimlich, aquí, es desbordante. Si un hombre es capaz de sonreír mientras desea la cárcel a otro hombre, ¿qué dice eso del mundo en que nos encontramos?
Hombre es una palabra que proviene del latín homine; esta, a su vez, podría provenir de una raíz indoeuropea que significa «humus, tierra»; la tierra no establece jerarquías naturales, sino que toda ella comparte una condición de igualdad sin llegar a confundirse, a ser lo mismo. En griego, homós significa «igual, semejante». Tampoco habría hecho falta que acudiésemos a la etimología para ponernos de acuerdo en que uno de los rasgos fundamentales del hombre es que vive rodeado de otros hombres que son iguales a él. Con tal de desear que un hombre vaya a la cárcel, antes hace falta deshumanizarlo: no desearíamos el mal a un semejante porque deseárselo a un semejante es como deseárselo al propio reflejo. Cabe que nos sigamos haciendo preguntas como las que, tras la Segunda Guerra Mundial, surgieron de la perplejidad de los pensadores europeos: ¿qué provoca que un hombre deje de reconocer a otro hombre como su igual? ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo evitar que vuelva a ocurrir? Que lo que ocurrió entre un peluquero y un presidente cesado sea una anécdota no significa que no debamos tomárnoslo en serio: las palabras y las acciones están estrechamente conectadas y las acciones pequeñas ya nos permiten intuir las grandes. Prestando atención a los detalles anecdóticos, a veces, nos acercamos a lo más profundo del pensamiento de nuestra época; vemos, en esos detalles, qué tienen que ver con el pasado y qué pueden decir sobre nuestro futuro colectivo.

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