lunes, 25 de diciembre de 2017

(Relato) Una madrugada de agosto



No soy el único al que le cuesta conciliar el sueño en verano. Además, me gusta cenar mucho. Esa noche, había estado leyendo una o dos horas antes de acostarme. En el momento de irme a la cama, me había dicho a mí mismo: «¿Conseguiré dormirme?», y, desde el segundo en que se me ocurría esa pregunta, sabía que no lo lograría. Era algo automático: si me planteaba a mí mismo la posibilidad de no dormir, no dormía. Oía cómo mi madre iba apagando todas las luces de la casa y la envidiaba porque, como que ella no había pensado en que quizá no podría dormir, seguramente se acostaría y no tardaría más de diez minutos en acompasar su respiración con el vaivén de las olas, en dejar de pensar… Mi padre, por otro lado, ya hacía una hora que roncaba.
¡Cuánto habían cambiado los hábitos de mi padre! Cuando yo era pequeño, no se iba a la cama antes de la una de la madrugada. Se quedaba viendo la televisión hasta entonces, en la cocina. Todos los canales le servían; se enganchaba a cualquier serie, por improbable o ridículo que fuera su hilo argumental. La cocina estaba al final del pasillo; mi habitación, en el otro extremo. Oía el ruido de la tele y no podía dormirme; a esas horas, mi imaginación estaba más despierta que nunca y cualquier sonido me servía para dar rienda suelta a mis fantasías; si sentía los personajes de una serie, aun sin entender lo que decían, me los imaginaba en un lugar que me resultara conocido, en una situación que me fuera familiar.
Pese a que todo eso me divirtiera, también debo admitir que pasaba miedo. La oscuridad era algo horroroso. Mi cuarto estaba bañado en la negrura. Me cubría de cuerpo entero con el edredón y cerraba los ojos fuertemente. Si alguna vez se me ocurría abrirlos y mirar hacia mi alrededor, los objetos de mi habitación se me antojaban desconocidos, amenazadores. La silla en la que dejaba la ropa para el día siguiente parecía ocupada por un cuerpo deforme. En realidad, todas aquellas sombras eran inanimadas; no me habrían preocupado si una de mis grandes aficiones no hubiese consistido en leer cuentos de terror.
Ahora ya no asustaba tan fácilmente. Iba a la universidad y bastantes cosas habían cambiado. Entre ese tiempo en que las siluetas negras me hacían temblar y ese tiempo en que mi padre se acostaba pronto, había transcurrido la adolescencia. El paso de los años siempre trae cambios, pero la etapa de la adolescencia había traído algunos especialmente significativos. Cuando pensaba en mi infancia, recordaba mi deseo por crecer, pero ignoraba completamente mi forma de pensar por aquel entonces. Había un muro que me impedía comprender a mi yo de los diez o doce años. Mi nombre era una de las pocas cosas que había conservado sin que envejeciera. Sin embargo, sentía que ya no me representaba del mismo modo que antes. En el pasado, la oscuridad me daba miedo y mamá me llamaba por mi nombre, a gritos, para que fuese a ver qué quería. Ya nadie me gritaba. Mis padres habían abandonado las responsabilidades que tenían sobre mí; me miraban como mirarían una nota escrita por ellos mismos una década atrás, una nota que mostrase unas ideas que seguían entendiendo aunque ya no las creyeran defendibles.
Esa noche no dormiría. Ya lo sabía, sí. Me lo había repetido unas cuantas veces y lo seguiría haciendo como si la repetición hiciera menos verdadera la constatación. Sentí los pasos de mi madre dirigiéndose a su dormitorio. Antes de cerrar la puerta, susurró: «Buenas noches», y su deseo llegó a la puerta de mi habitación con dulzura, aunque lo primero que pensé es que se estaba riendo de mí porque sabía que no tenía ni pizca de sueño. No, no era posible: ¿cómo lo habría averiguado? Ella no sabía nada. Acepté su despedida con cariño y quise desearle buenas noches, pero, antes de poder hacerlo, oí cómo la puerta de su dormitorio se cerraba definitivamente. Habría podido correr, volver a abrir la puerta y, acercándome a ella, darle un beso tan intenso como los que le daba de niño; sin embargo, ¿qué habría pensado mamá? Era un adulto. Los adultos no se lanzan sobre sus padres como un gato sobre un vencejo herido.
Me encerré en mi cuarto. Apagué la luz. La volví a encender. Empecé a dar vueltas. No tenía mucho espacio; la sala era estrecha. Miraba hacia mis estanterías y buscaba algún libro que leer para pasar la noche. No obstante, estaba demasiado cansado. No me apetecía hacer nada. Tan solo quería dormir. Y, aunque lo quisiera tan insistentemente, sabía que, si intentaba hacerlo, no podría. «Por probarlo, no perderé nada, ¿no?», pensé. Me escondí debajo de las sábanas de mi cama. Su frescor me reconfortó; olían a ciudad, a las horas que habían pasado tendidas al sol después de que mamá las hubiera sacado de la lavadora y las hubiera subido a la terraza. Mi pijama era corto y suave. El calor, esa noche, no era tan insoportable. «Bien. Tú puedes. Solo es cuestión de convencerte.» Bajé los párpados, entreabrí los labios y esperé a que el sueño llegase a mí. Pero, como un mosquito que, después de chuparnos una gota de sangre, prevé la llegada de la palma de nuestra mano, el sueño se ocultó. Me levanté. Removí las sábanas. Encendí el flexo de mi escritorio. Seguí dando vueltas hasta que me di cuenta de que tenía ganas de ir al baño. Estaba a mitad del pasillo. Salí de mi habitación y, a tientas, anduve hasta este.
En el espejo, vi que tenía la nariz resplandeciente de sudor. La piel de las mejillas se me había puesto un poco roja de tanto que la había pegado a la almohada. Me senté sobre el retrete y miré hacia la nada. Volví a salir del lavabo. De vuelta hacia mi habitación, se me ocurrió echar un vistazo a las paredes del pasillo. Los cuadros eran indistinguibles. Algunas piezas de porcelana, puestas dentro de vitrinas, me observaban desde su vigilia inacabable.
Un busto, colocado sobre un reloj de pared larguísimo, me dejó sorprendido. Era el busto de una mujer rubia con el pelo recogido. Papá siempre lo había llamado «la Genoveva de Brabante», aunque seguramente no tenía nada que ver con Genoveva de Brabante y, en realidad, era el busto de alguna princesa oriental. Había comprado esa escultura antes de que yo naciera; según decía, había sido hecha en los años treinta, cuando estaba de moda decorar las habitaciones matrimoniales con este tipo de figuras.
El busto de la falsa Genoveva de Brabante tenía algo distinto de lo habitual. Unas franjas de luz caían sobre su rostro y lo rescataban de la penumbra de la casa. La luz llegaba desde una ventana que daba al exterior; mis padres no habían bajado la persiana completamente y, entre algunos listones, el amarillo de las farolas de la calle accedía a casa con esa sutileza, con esa delicadeza. Corrí a mi habitación, cogí mi cámara y traté de hacer una foto para enseñársela a la mañana siguiente a papá y que viera los juegos de formas y colores que la noche podía ofrecer. Sin embargo, la oscuridad del pasillo era demasiado densa; la foto quedó mal, toda negra; no se apreciaba ni el contorno del busto. Decepcionado, volví a la cama y —¡esta vez sí! ¡Al fin!— me dormí.
A la mañana siguiente, me desperté eufórico. ¿Cuánto tiempo había pasado durmiendo? ¿Ocho horas? En fin, me sentía bien. Me había levantado de buen humor. La luz aún ascendente del sol penetraba a mi cuarto y caía sobre mi pijama como un baño de monedas de oro. Miré hacia el reloj de pulsera que había dejado sobre mi escritorio: eran las once. Verano, agosto: nada que hacer. Aún sin salir de la cama, me crují los huesos del cuello y flexioné las piernas. Encontraba una gran voluptuosidad en esos movimientos. La puerta de mi habitación estaba cerrada; la habrían cerrado mis padres a las siete u ocho, con tal de no desvelarme con sus voces.
Di un salto. Pasé de estar acostado en la cama a estar sentado frente a mi escritorio. Me despaturré sobre la silla y puse los pies sobre la mesa. Cogí el libro que tenía más cerca, en la estantería, y me puse a leer alguna página al azar. ¿En qué malgastar las horas de las vacaciones? En nada. Nada era verdaderamente necesario. Nada se me podía exigir.
BUSTO DE MUJER, DE JOSEP DE TOGORES

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