(Microcuento) Unas lágrimas en vídeo



Al entrar en Instagram, me apareció una ventanilla indicándome que él había publicado alguna foto o vídeo. Tenía curiosidad por lo que sería, pero no me atrevía a hacer clic sobre el icono porque, desde el momento en que abriera su publicación, él sabría que la había visto. Valoré si valía la pena que descubriese eso, que descubriese que había dedicado unos segundos a ser consciente de que existía. Como llevado por cierta inercia, dejé caer mi dedo sobre la ventanilla. Ya no había vuelta atrás.
Lo que había publicado era un vídeo en que se grababa a sí mismo llorando y escuchando música de Bach, ciertamente fúnebre. Recordé que, horas antes, había anunciado en Facebook que su abuela había fallecido. Quedé, más que sorprendido porque llorase, asombrado porque se atreviese a revelar su sufrimiento en Internet. ¿Cómo era capaz de mostrarse tan frágil ante un público, unos seguidores que desconocía?
Al momento, creí que yo mismo estaba razonando como aquellos señores mayores que no comprenden por qué los jóvenes de ahora salen hasta las seis de la mañana o visten con ropa ajustada. ¿No habría sido algo propio de mi generación que comprendiese por qué publicaba ese vídeo? Por más que me esforzase por ver en su comportamiento algo normal, algo natural en los tiempos que corren, cierta inquietud se despertaba dentro de mí y me advertía que, aun en el siglo XXI, expresar ante todo el mundo unos sentimientos que solían ser mantenidos en secreto se salía del esquema de lo que debería juzgar como corriente.
«¿Y si probara de hacerlo yo también?», me atreví a preguntarme. «¿Y si, estando deprimido, llorando, me grabase con el móvil y colgase el vídeo en Instagram?» Era evidente que no se me habría podido criticar nada, puesto que, mientras que algunos aprovechaban las redes sociales para dar cuenta de su alegría, otros las podíamos usar para representar sentimientos no menos vívidos que ese. ¿Qué diferencia había entre tomarse una foto sonriendo o tomársela con las mejillas rojas o con el ceño fruncido por la rabia contenida? Lo que había en común entre tantas imágenes, en definitiva, era que, con ellas, decidíamos cómo mostrarnos. No había una que fuese más censurable que otra.

Puede que lo que nos ordenase publicar fotos con sonrisas y esconder las expresiones más turbias no fuese el espíritu de nuestra época, del mundo digital, del postureo, sino algo mucho más viejo y desconocido. Nuestros padres ya sonreían en sus álbumes de fotos. Había una moral que ya se positivaba con las cámaras de su juventud.
ESTUDIO DE MANOS, DE EDWARD HOPPER

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