(Microcuento) El cartel de abierto



Quería contar una historia tan pequeña como una caja de cerillas. Una historia que pudiera caber en una de estas cajitas después de haber sido escrita en un trozo de papel y enrollada como un pergamino. Una historia así, sin excesos. Esta podría ser la historia de un chico que, a los veinte años, terminó sus estudios en Administración y decidió abrir una mercería en el centro de la ciudad. Sus padres le dieron dinero para que comprase un local y eligió uno estrecho y humilde en la plaza más antigua, aún con adoquines en el suelo. Tardó solo un mes en proveerse de los productos que vendería y, después de una sutil reforma del espacio, abrió. Se le pasó a conocer como el único mercero de la comarca. No cerró la tienda ningún día laborable hasta que, cuarenta años más tarde, sufrió un infarto en casa, estando solo, y nadie le atendió a tiempo.
Sus primeras clientas fueron mujeres jóvenes. Querían aprender a coser, pero ya pertenecían a una generación a la que sus madres no les habían enseñado. El mercero tuvo que hacer el esfuerzo de informarles de algunos trucos, además de venderles hilos y agujas. Lentamente, también fueron acudiendo a su tienda mujeres mayores, pero con más recelo, puesto que, unos años antes, habían visto cómo la mercería anterior de la ciudad perecía y no querían volver a pasar por el trago de convertir aquella en su tienda de confianza para que luego acabara desapareciendo.
Cada mañana, a las nueve menos un minuto o, en su defecto, a las nueve en punto, cuando el cartel de «¡Abierto!» sustituía el de «Cerrado», una marea de clientes se abalanzaba sobre la puerta. El mercero, durante los primeros años, sonreía al ver la impaciencia de toda aquella gente, creyendo que le habían ido a ver a él. Después, pasó a mirarlos con cierto desprecio, pero con la cabeza gacha, de modo que no se daban cuenta. Siempre les atendía con su tono de voz más dulce y sin ninguna inflexión que les hiciera pensar que aquel comerciante odiaba a su propia clientela. La resignación acabó haciendo que se le encorvase un poco la espalda, pero los vecinos lo atribuyeron al peso de la edad.
Los momentos del año en que hacía más ventas, claramente, eran por Navidad y a principio del curso escolar, cuando los padres se afanaban a comprar cintas de nombres para las mochilas y batas de sus niños. Siempre tenía aquello que le pedían. Sus relaciones con los proveedores eran excelentes y conseguía estar siempre al día de sus nuevos artículos. En sus últimos años, un sobrino del mercero quiso abrir una página web donde venderían algunas de las cosas de la tienda, pero él continuó haciéndose cargo solo de aquello que podía tocar con sus manos.
Siempre deseó cerrar puntualmente a las ocho. Los últimos clientes, que solían ser los más rezagados, se lo impidieron; siempre le distraían haciéndole consultas bastante estúpidas hasta que se hacían las ocho y media. Bajaba la persiana a las ocho y tres cuartos, cuando ya había oscurecido. En invierno, muerto de frío, solía tener dificultades para cerrar con llave porque sus guantes eran tan gruesos que le impedían acertar en el cerrojo.
ROGER Y SU HIJO (1936), DE BALTHUS

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