viernes, 8 de diciembre de 2017

(Diario de adolescencia) 8 de diciembre de 2017



A las ocho, por la ventana de la habitación, se ve una nube alargada, deshilachada y de color entre naranja y rosa. Acompaña al amanecer. A medida que se aleja, su color se va apagando; al cabo de cinco o diez minutos, ya se ha oscurecido completamente, como una llama que termina en ceniza. Aún no hay movimiento, no hay nada. Por la calle, no se ve ni a los jóvenes que vuelven a casa después de haber salido de fiesta. Todo el mundo se ha escondido. Dentro de unos momentos, se oirán ruidos provenientes de la cocina: una cuchara, una cafetera, etc. La ternura de los desayunos. Domingos y días festivos. Nada que hacer. Pereza. La piel blanda y caliente, sin moverse, sin obligaciones. La blandura siempre me hace pensar en quienes no trabajan —en quienes no trabajamos ni hemos trabajado nunca, para concretar.
Queremos que los demás nos miren. Tenemos la necesidad de ser reconocidos. Suelo escribir textos breves porque, mientras los hago, va creciendo en mí el deseo de publicarlos con tal de que los demás los juzguen. Sin embargo, ¿las redes sociales pueden saciar nuestra ansia de reconocimiento? ¿Los me gusta y los emoticonos que otras personas nos envían suplen el deseo de una vinculación humana con lo que hay fuera de nuestro interior? Soy escéptico, sin más. Estoy convencido de que Internet transforma las relaciones humanas, aunque veo con mucha incertidumbre la dirección hacia la que nos lleva.
Por la tarde, me encuentro con Abril, frente al Bijou Brigitte de Les Arenes. Tomamos dos cafés con leche —el suyo con leche de soja— en un BuenasMigas y tengo tiempo hasta de arrepentirme de haber consumido en la misma franquicia de siempre, como si tuviera algún compromiso con ellos. Antes, le había propuesto ir al BuenasMigas casi por inercia, por la idea preconcebida de que el café de allí es bueno y eso ya es suficiente. Si quiero abrirme a lo imprevisible, ¿cómo voy a lograrlo yendo solo a sitios donde me sienta seguro, con gente con quien me sienta cómodo? En fin.
Vamos a los cines Zumzeig. Hacemos cola en la entrada. Los espectadores son, generalmente, gente mayor. Pagamos nuestras entradas. Accedemos a la única sala de este cine y nos sentamos en la última fila porque dice Abril que lo quiere así; no me parece mal; me podría sentar siempre en la última fila del cine para observar las reacciones de las cabezas de los demás: un asentimiento, una risa... La película se titula Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine y es un inédito de Jean-Luc Godard en España. Ese dulce no entender nada de las pelis de Godard, esa imposibilidad de contar una historia como siempre se ha contado. Jean-Pierre Léaud hace un papel sensacional, alocado. Sin embargo, se ciñe de un modo siniestro al estereotipo del genio incomprendido. Como el cineasta que dirige. Simone de Beauvoir dijo en una entrevista: «¡La palabra genio es tan vaga!» Es exactamente eso. Hay muchas razones por las que la vida es una comedia, pero una que me gusta en especial es que, de cada cien que se creen genios, solo uno —quizá el más egocéntrico o el más repugnante o el más insípido— lo sea.
En el autobús de vuelta, tengo, detrás, una señora que, por los comentarios que hace, parece poco acostumbrada a viajar en transporte público. Al oír el chirrido que hace el vehículo cuando gira, exclama: «¡Parece que estén matando un cerdo!» La comparación es tan precisa que sonrío y quiero volverme para mirarla con gratitud. Un poco después, dice: «Mi parada es la siguiente. Me tendría que ir montando.», para referirse a que tiene que ponerse el abrigo. Montarse, dice, sí. Montarse, como si su cuerpo y lo que viste fuesen cosas ajenas a ella. Las metáforas inundan la vida; se las encuentra por todos lados y es importante estar atento a ellas.

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