(Diario de adolescencia) 7 de diciembre de 2017



Me despierto a las ocho porque anoche me acosté tarde. Salgo de casa a las nueve y diez para tomar el autobús de las nueve y cuarto. Giro por una calle y por otra. Trazo horizontales y verticales. Carrer Sant Isidor, Carrer del Carme, Plaça Can Bergada (donde, una vez, unos chavales me gritaron: «¡Qué pluma tienes!»), dos calles más, Carrer Jaume Isern. Espero en la marquesina. La mujer que hay a mi lado me pone ligeramente nervioso porque no para de moverse mientras habla por teléfono. Entro en el autobús y saludo al conductor; no me responde; peor para él. Describir el contenido de la vida cotidiana tiene algo de extrañamiento, de inconveniente. Desde pequeño, me he dedicado a enfocar los problemas desde perspectivas que la mayoría de gente consideraba fútiles. Llegué a creer que esa parte de mi carácter era algo de lo que debía avergonzarme, puesto que me habían enseñado a interpretar mi alrededor con una serie de conceptos que eran comunes a mis allegados y todo lo que supusiera separarse de esa serie era percibido como algo peligroso. ¿Quiénes me enseñaron esos conceptos? Tanto mis padres como mis profesores o mis compañeros. Justamente algunos compañeros me rehuían porque me consideraban un pesado, porque ponía atención en aspectos de las cosas a los que estaban desacostumbrados. No pretendo decir que fui un niño especial, ya que no lo fui, sino que, desde muy pronto, noté que había algo inquietante en aceptar el discurso hegemónico sin más. Describiendo los detalles de la vida, los rescatamos de la ignorancia y los deformamos suavemente.
Hoy es puente, pero tengo que ir a Barcelona para recoger un encargo en unos proveedores del negocio de mis padres. La luz matinal es más cinematográfica que nunca. La gente va al trabajo o se toma un descanso con un café y un cigarrillo en las manos. Los plátanos de Gran Via tiñen la ciudad con los tonos ocres del otoño. Me cruzo con un chico de melena larga, revuelta, al que no se puede reconocer porque el cabello oscuro le tapa los ojos e incluso los labios. Esta mañana, debería estar estudiando en casa, pero prefiero infinitamente este paseo con destino determinado.

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