(Diario de adolescencia) 6 de diciembre de 2017



Veamos: ¿sobre qué puede escribir un chico de diecinueve años? Sobre nada, ¿verdad? No hay nada que sepa con la suficiente certeza. Tendrá que dejar que sus acciones se repitan decenas de veces antes de conseguir desentrañar los motivos que le llevaron a hacerlas. Si hay algo más evidente que esto es que la razón definitiva de por qué hacemos lo que hacemos, por qué hacemos lo que amamos, permanecerá oculta hasta que, a una muy avanzada edad, vayamos abandonándolo todo y cobremos la suficiente distancia para juzgar nuestra vida como si ya estuviera terminada.
Me levanto a las nueve y leo un poco, desayuno un poco, hago la cama un poco. Curiosamente, durmiendo seis horas, me siento mejor que ayer, después de haber dormido ocho. Más no siempre es mejor... pero, claro, también es cierto que, a veces, la calidad sale de la cantidad. Cuenta Pla que eso de la calidad lo decía Goethe; posiblemente es una afirmación muy válida para la literatura y, sobre todo, para algunos escritores para los que la exuberancia estilística no es algo natural y tienen que curtir su propia dicción a base de trabajar. A veces, me da por pensar que no hay gente que, de forma natural, tengan un estilo sublime al escribir, sino que hay gente que sabe fingir muy bien que lo tiene. Conocer muy bien el arte retórico es como conocer la técnica musical: te servirá para ganarte algunos aplausos, pero no contribuirá a algo mayor; no te ayudará a configurar una obra completa, un cuerpo. Quizá crear algo grande no deba ser nuestro objetivo, pero una débil esperanza en que lograremos algo más que llenar páginas como quien prueba un bolígrafo en ellas es posible e incluso aconsejable.
Este diario es la muestra de mi espíritu de dispersión actual. No le encontraríamos muchas más unidades de sentido aparte de la que le da mi vida.
Por la tarde, voy al Teatre Victòria con mis padres a ver Cabaret. Antes de llegar, caminamos por Les Rambles; mis padres se cogen del brazo y andan apresuradamente, como si estuvieran dirigiéndose al trabajo. El Teatre Victòria, como la mayoría de teatros de la ciudad, me recuerda una caja de cartón pintada de un color bonito. Tiene un bar en el segundo piso; tomo un café con leche en él.
Cabaret me recuerda vagamente al concierto de anoche. Hay, en el musical, esa mezcla de crudeza y festividad que también hay en las melodías y letras de La Casa Azul. Puede que esa ambivalencia, esa paradoja, constituya la mejor oposición a las visiones reduccionistas de la vida, como el optimismo o el pesimismo. Los trajes de ante son preciosos, aunque opino que han faltado boas.
Un personaje, el del comerciante judío, dice: «No siempre hay que coger los frutos más bajos del árbol.» Aspirar a algo más, aspirar a los frutos más altos del manzano. El joven Verdaguer buscaría precisamente eso y, al final de su vida, acabaría optando por el contrario, por el silencio ascético. Isaiah Berlin, por otra parte, nos hablaría de la retirada a la ciudadela interior, la reclusión en el propio yo; censuraría que, en esa reclusión, renunciáramos a nuestros deseos más altos por saberlos imposibles. ¿Aspirar a lo máximo o reconocer lo pequeño que es el ser humano? ¿Un poco de todo? Hay, en la vida, tiempo para todo, eso sin duda. «Life is very long», nos diría T. S. Eliot.
Al salir del teatro, la cantidad —¿el exceso?— de luces nos deslumbra. Después del final oscuro de la obra, después de haber estado leyendo a Adorno, no resulta tan fácil actuar como si todo estuviera bien. La pregunta podría ser: ¿cómo intentar hacer el bien sin caer en la ingenuidad de creer que, siendo bondadosos, solucionaremos el mal del mundo? Probablemente, esa ingenuidad es mucho menos perjudicial que el cinismo de quienes, enfadados con el mundo, aseguran que no tienen que ayudar al prójimo porque el prójimo no haría nada por ellos. La indiferencia es brutal. Hace unas semanas, una amiga me decía: «Está claro: no tengo que preocuparme por los desconocidos.» Y Freud, considerando que no todo el mundo merece ser amado, se pondría del lado de esa amiga mía. ¿Y si no se trata de que todo el mundo merezca ser amado sino de que hay una cortesía y una empatía que pueden ponerse en práctica en el día a día?

No hay comentarios:

Publicar un comentario