(Diario de adolescencia) 5 de diciembre de 2017



Dos sueños: I. conociendo a un chico en un gimnasio y P. amenazando con pegarme. Muy frecuentemente, tengo sueños en que actúo como simple espectador.
Por la mañana, voy a clase con Abril. Damos un paseo por Gran Via. Llegamos a CaixaForum, donde visitamos la exposición sobre la competición en la Antigua Grecia. Los bustos de Apolo y Dionisio me cautivan; están puestos en paralelo, de manera que, mirándolos desde una punta, parece que el uno oculte al otro.
Por la tarde, voy a más clases. Hojeo un libro en la biblioteca. A las siete, me encuentro con Paula en Plaça Universitat. Vamos a comprar su cena en el McDonalds. Ese sitio me da mucho asco. Compro mi cena —un calzone de pizza y dos empanadas de atún y pollo— en un pakistaní. Cogemos el metro a Plaça Universitat. Entramos en la estación de trenes y encontramos uno que pasa por Sant Boi de Llobregat. Subimos. Nunca hemos estado en Sant Boi. Está oscuro. Llegamos al cabo de un rato y damos vueltas por los callejones de esta población, con mucho miedo en el cuerpo. Finalmente, llegamos al recinto en que habrá el concierto de La Casa Azul. Hacemos cola. Nos ponen unas pulseras. Veo un chico de melena rubia y densa barba cobriza que se mueve con la serenidad de quienes no le deben nada a nadie. Me lo quedo mirando. Entramos en la sala del concierto y, a las nueve y media, empieza. Guille Milkyway es modesto, pero sabe que sus canciones son tan perfectas que, de un modo a otro, el público se arrodillará ante él. En efecto, en un momento del concierto, la gente llegará a arrodillarse. En otro momento, una pantalla que hay detrás de Guille le proyecta unas alas. En cuatro o cinco ocasiones, toca un piano estruendosamente; la primera vez sorprende; la tercera ya cansa; la quinta es una caricatura. En cualquier caso, el concierto va bien, aunque salgo con el convencimiento de que la de La Casa Azul es música más de discos que de conciertos. Paula y yo volvemos a Barcelona y, de allí, a Mataró, en autobús. Llego a casa a los y me acuesto a las tres, después de haber escrito estas palabras.

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