(Diario de adolescencia) 4 de diciembre de 2017



Once de la noche. «La carencia de razón no tiene palabras.», escribe Adorno. Leyéndolo, veo con más claridad que nunca que la literatura, precisamente, consiste en esa lucha de contrarios que también define la experiencia humana: el conflicto entre lo intelectual y lo sensible, lo civilizador y lo natural, lo clásico y lo anticlásico. Queremos hablar sobre lo que está más allá de la razón, pero, para hacerlo, debemos ceder y aceptar los modos de dominación del caos que nos ofrece la misma. La claridad estilística, el hecho de que la escritura sea lineal, el realismo, etc., son la demostración más fragante de que el hombre ha querido domar la totalidad y ha fracasado —¿podía ser de otra forma?— en el intento. El hombre es el perro y el gato, es la pelea de la razón y el corazón. (Fijémonos que, en castellano, la razón está dentro de la palabra corazón. Los mozárabes no eran árabes, sino cristianos bajo dominio árabe. Curiosamente, tanto en un caso como en el otro, el nombre de quien ha tomado el poder está dentro del nombre del sometido.)

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