(Diario de adolescencia) 29 de noviembre de 2017



Salgo de casa y voy en dirección a la parada del autobús. Me cruzo con Esperança, una de mis vecinas. Tiene noventa y pico años y aún me saluda efusivamente, con una sonrisa que hace que se le marquen los pómulos como si fuesen pomos. Anda con un bastón y del brazo de una muchacha joven que debe ser su cuidadora o su hija. Vive sola. Desde el terrado de mi casa, veo el patio de la suya, además de una ventana que da a su comedor.
Hace unos días, andaba por mi calle con un bastón y cierta prisa. Cabello corto, gris. Parecía un diente de león movido por el viento. Su cabello es del mismo tono gris que el cielo del día de hoy. Los días grises o lluviosos no tienen ni gota de tristeza. El nombre de mi vecina —Esperança, Esperanza— es un nombre parlante rigorosísimo, muy exacto.
Creí que me libraría de la juventud más fácilmente. Pretender vivir diversas experiencias durante el primer año de la carrera no ha servido de mucho. La vida nos exige entrega continua; permite los descansos, pero no este embobamiento, esta alienación del mundo en que tengo tendencia a caer.
El atardecer en Barcelona es impresionante. El sol se esconde tras los rascacielos de Plaça Universitat. Han volcado una bañera de oro sobre el cielo. Parece un escenario de lucha sin combatientes, una revelación sin ninguna divinidad con forma humana.
Es posible que los consejos que un hombre pueda dar a otro hombre sean poquísimos. Es más: es posible que un hombre solo pueda buscar su propia excelencia, que todo intento de que los demás contribuyan al fin que yo quiero lograr no sea más que una muestra de ignorancia o bien mala educación —y, por tanto, también ignorancia.

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