(Diario de adolescencia) 27 de noviembre de 2017



Sueño: una tarde tranquila y clara, entro en una terraza llena de gente y me doy cuenta de que todo el mundo está mirando, callado, hacia la misma dirección; sigo la dirección de sus miradas y veo que lo que llama tanto la atención son dos hombres que, de pie, se han enfrentado.
A las seis de la mañana, me pregunto si quiero ir al gimnasio. No, no quiero ir al gimnasio. Desde la cama, imagino el frío de la calle, el cielo aún oscuro. No, no quiero moverme de casa. Lentamente me levanto y me tomo un café. Trato de estudiar. No puedo. Me desconcentro. ¿En qué soñé anoche? Temo haber olvidado mucho; solo tengo presente una escena. Sigo intentando estudiar pero no sé exactamente de qué me servirá leer lo que estoy leyendo para el examen de mañana. Estudiar consiste en revolver información y más información con la esperanza de que una pizca de ella caiga en el examen. Puede no hacerlo. Puede que lo que se pregunte en el examen sea completamente distinto a lo que he estudiado. Hacer un examen, qué cosa más curiosa: uno, generalmente, no se planta enfrente de un examen y se queda quieto, sino que empieza a escribir y no para hasta dentro de una o dos horas; la convención que hemos aprendido es que un examen se tiene que responder como se canta una canción. Hay tanto, tanto automatismo en nuestro día a día. Bajar unas escaleras es puro automatismo: ¿qué hace que sepamos poner un pie ante el otro, descendiendo los peldaños, sin preocuparnos ni lo más mínimo por la posibilidad de caer? Cuando piensas que estás bajando unas escaleras, la cosa se complica; las piernas te tiemblan y tienes que agarrarte a la barandilla. La cuestión es no pensar que estás bajando unas escaleras.
Escribir es pensar. Pensar es darte cuenta, bajando unas escaleras, de que estás bajando unas escaleras y que podrías caerte, porque bajar unas escaleras no tiene por qué ser algo completamente natural. Pensar es ese extrañamiento de las cosas que nos rodean que se logra a través de la palabra escrita. El pensamiento no es la consciencia, porque la consciencia no es lineal, es como un panal de abejas. El pensamiento es la miel embotada.
Presentación de la narrativa completa de David Vilaseca en la librería Laie de Pau Claris. Quienes presentan el libro hablan con soltura, con decisión y con ternura. A veces, el ambiente universitario me hace olvidar que las palabras nos tienen a nosotros mismos como referentes. No conocía a David Vilaseca y se me ha despertado una curiosidad inmensa. Leen algunos de sus fragmentos. Dietario. Bien. Cuando descubro a autores de diarios, una bocanada de aire me llena los pulmones y puedo respirar hondo. Aún recuerdo el día, hace ya algunos meses, en que vi el Adiós a casi todo de Pániker en La Central y pensé que, mientras hubiera autores que siguieran haciendo sus diarios un terruño íntimo y fértil, mi confianza como escritor estaría salvada. No me libro de ciertas inseguridades, sin embargo. Como dije hace poco, me debato entre querer ser un gran literato y enviarlo todo a la mierda.

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